lunes, 25 de enero de 2010
Saga y Fábula
sábado, 2 de enero de 2010
Una tarde con Rave
Rave estudiaba conmigo en la secundaria. No éramos tan cercanos en realidad. Bueno, nunca llegué a tener algo cercano con nadie durante aquella época. Ambos sólo teníamos tres cosas en común: éramos vecinos de carpeta en el salón, nos gustaba demasiado dibujar y a los dos nos odiaban todos. A él, por tener el pelo demasiado teñido; a mí, por tenerlo muy normal.
Cinco años después de terminar el colegio, me llegó la invitación de Rave. No lo había visto durante todo aquel tiempo. Me sorprendí, entonces, de que haya averiguado mi dirección y que me invitara a pasar un fin de semana en su yate privado. Vaya, me dije, sí que ha llegado lejos el muchacho. A su carta adjuntaba una foto suya, supuestamente actual, en la que aparentaba gozar de buena salud. En la post-data, aclaraba que podía visitarlo con quien yo quisiera.
Llegado el fin de semana, mi novia y yo llegamos al lugar que señalaba la carta. Un guía nos llevó hasta la cubierta de la embarcación, donde un Rave moreno y rubio, de lentes oscuros, nos saludó a ambos con cortesía, como si fuéramos una pareja interesada en rentar el yate. Pocas horas después, nos hallábamos en medio del mar. Mientras mi novia nadaba en la piscina, Rave y yo recordábamos un poco los días en la secundaria. Paulatinamente, fuimos ganando toda la confianza que nunca hicimos en el colegio.
La tarde del domingo, Rave nos pidió que lo acompañáramos al viejo teatro en ruinas. Éste se encontraba en las afueras de la ciudad, por lo que mi novia y yo aprovechamos para visitar algunas granjas. En medio de ellas, encontramos el viejo edificio, rodeado por un césped muy alto. Entramos en él, y Rave nos guió por pasadizos angostos, con plantas que invadían las paredes y muebles de madera sumamente deteriorados. No recuerdo bien el camino, pero sí que al final llegamos a un lugar abierto, iluminado con un suave tono amarillo. Frente a nosotros, se alzaba el escenario.
Subimos los tres. Mientras mi novia y yo tratábamos de adivinar de dónde venían las luces, Rave susurraba algo indescifrable. Tenía los ojos cerrados y el entrecejo fruncido. Al final de su rezo, respiró profundamente.
Dudo que alguien pueda creer el resto de lo que presenciamos aquella tarde. Las paredes y escombros del teatro ya no estaban. En su lugar, unas nubes muy blancas nos rodearon y empezaron a ascender, cada vez más rápido. Nos llevaban hacia el cielo, como si se tratara de un ascensor. En determinado momento, las nubes bajo nuestros pies desaparecieron, dejándonos caer al instante.
Pensé que era el fin, que entonces despertaría en mi cama sudoroso, tras la pesadilla más tonta que jamás había tenido. Esa era mi esperanza. Nos escuché gritar, a mi novia y a mí, pero no por mucho tiempo. Pocos metros más abajo, cada uno había caído sobre la espalda de un gigante. O lo que parecía ser uno, pues al menos el mío era verde.
Volvíamos a ascender con rapidez. Un destello apareció de pronto, impidiéndome ver del todo a mi chica, que parecía estar sobre un mamut rosado, y a Rave, cuyo salvador tenía el aspecto de un enorme pez. El destello me cegó completamente. Cuando abrí los ojos, ya habíamos dejado de subir. Bienvenidos, dijo Rave, este es el final de mi universo.
No tenía palabras que decir. Atiné a mirar a la mujer sobre el mamut rosado, que parecía tan confundida como yo. Volví a mirar a mi viejo compañero de clase, y cuando estaba a punto de decir algo, una voz en off me interrumpió: “alabado sea nuestro nuevo rey, que ha trascendido toda gloria imaginable, alabado sea quien ha llegado hasta aquí, para ser testigo de su coronación…”. Así es, me dijo Rave, volviendo a captar mi atención.
- Todo cuanto puedas ver bajo las nubes es ahora mi reino. No te preocupes, no es el mundo que conoces. Es mi mundo.
- Pero…cómo…no entiendo nada…
- Es muy sencillo, mi querido amigo. Ellos me acaban de nombrar como su nuevo dios.
- ¿Ellos…?
Mi novia y yo miramos alrededor. Centenares, no…miles…no, millones, quizás billones de seres asombrosos aparecían de debajo de las nubes y nos rodeaban. Seres marinos, terrestres y voladores. Todos raros, todos únicos. Todos al extremo de todo. Volví a mirar a Rave, mucho más sorprendido, si cabe. Es como un ascenso, me dijo, en palabras sencillas.
- Pero, esto…es imposible…
- Ja, ja, ja, sí, sí…yo también llegué a pensar eso. Es muy difícil quitarse la idea de la cabeza, pero sé que lo lograrás algún día.
- Esto no puede ser más que un sueño…
Su palma cayó sobre mi hombro y decidí callar. Me miró un largo rato, sonriendo.
- ¿Sabes que eras la única persona del aula que me dirigía la mirada al hablar?
Lo pensé un momento y recordé. Todo, desde el primer grado de secundaria hasta el último. Recordé el viejo cuaderno de dibujo que alguna vez enterré en el jardín, cuando cursaba el último año. Mis ambiciones frustradas.
- Vaya…no sé si duele más aceptar que todo esto es real…
Lo miré de nuevo y decidí sonreír.
- …O ver que un amigo del colegio me ha superado, y por mucho.
Reímos juntos por primera vez, a mandíbula batiente, como si nos hubieran contado el mejor chiste de toda nuestra adolescencia. Yo reía como él, con los ojos cerrados, casi a punto de llorar, de felicidad y de rabia, mezcladas con tristeza. No sé cuanto rato estuvimos así…
Pero cuando abrí los ojos, ya no estaba.
Miré alrededor. Me hallaba en la azotea de un gran edificio, posiblemente en la Gran Ciudad. Mi novia estaba a mi lado, también sorprendida. Nos miramos largo rato, tratando de asimilar todo lo visto, tratando de saber si había sido un sueño, una fantasía o lo que diablos hubiese sido…Nada. Lo único que alcanzamos a hacer fue abrazarnos. Ella lloró un rato sobre mi pecho y yo sobre su cabellera. En cierto momento, alcé la mirada hacia el horizonte. Un ocaso agridulce se extendía tras los demás edificios, bañando de amarillo toda la ciudad. Entonces pensé que no quería olvidar nada de cuanto había visto aquella tarde. Nunca, nunca más.
Pero, de pronto, sucedió algo que me llenó de terror: tuve la extraña sensación de que aquella escena ya la había vivido antes y que, ya antes de recordarla, la había vuelto a olvidar. Touché.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Memorias infinitas
¿Somos antes o después? No tengo idea. No queda memoria de nosotros. Nadie nos ha pensado aún. Y aunque intente recordar el día en que te amé por primera vez, resulta que aún no te conozco. ¿Eres Z o yo soy V?
No lo sé. Créeme que no lo sé.
07 de septiembre de 1112
El día de nuestro aniversario número 1000 le pedí a ella que tomara nuestras cosas y empezara a quemarlas en el patio. Mientras tanto, yo tomaba del refrigerador la última botella de vino y vaciaba su contenido en el retrete.
Tras mil años de relación, nuestro único deseo era dejar todo lo vivido atrás, alegrías y tristezas; con el único fin de desnudarnos esa noche y reírnos hasta la madrugada de la situación de nuestros cuerpos. Libres al fin de los dictados del mundo, sin preguntarnos siquiera si el amor existe; simplemente disfrutando de la falsa eternidad del lugar, de la compañía perfecta, del odio a las promesas y del deseo íntimo de volver a nacer.
Reír juntos mientras su deseo se cumple y yo la miro bañar con lágrimas sus labios. Mientras, poco a poco, sonriente, me voy quedando dormido…
23 y 22 de agosto del 2009
¿Y desde cuándo los días son tan buenos que han empezado a ir hacia atrás?
10 de septiembre del 2002
Junto a una pista enorme existe una muralla, la resguarda el ejército. Junto a esa muralla gris hay un jardín de arena, plantas secas y un poco de basura. Junto al jardín vemos una vereda y, sobre ésta, una banca de cemento. Sobre la banca estamos nosotros, forasteros, perdidos en un mundo que, tras parpadear, dejó de ser nuestro. Estamos tomados de la mano, mientras vemos la pista mojarse con una lluvia de pétalos negros. Hace frío, el cielo es blanco; el aire, gris…todo se llena de pétalos: la muralla, el jardín, la arena, también el tiempo. Y la banca sobre la vereda y nuestras manos juntas, aferrándose a la vida.
A su maldita y rabiosa soledad.
Del 17 al 21 de septiembre de 1111
Las cuatro cifras del año suman 4. Más él, que nació de ti, son cinco. El futuro se agrupará en años de 60 meses, cada uno, de ahora en adelante. El nuevo orden ha nacido y somos las tres caras de una misma moneda. Muy pronto el conflicto será inevitable. El ser humano descubrirá sus ansias por dominar. Estaremos muertos y vivos en un nirvana infinito, más cerca del cielo y del infierno de lo que nunca estuvimos, más desnudos y cubiertos que nunca, más amantes y enemigos que al comienzo, más yo, más tú, más él. Más nunca.
31 de diciembre del 2009
Toma nota, Lady: Este día nunca existió.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Sueños...y sobras de la Navidad
Escribir es una extensión de aquellos sueños o el principio de los mismos, si se quiere.
Escribimos para tratar de ser como nuestro yo oculto, en algún lugar del cuerpo: una imagen oscura de nosotros mismos que se divierte y se burla mientras crea, a todas horas, sin descanso. Que se burla de su yo gigante y corpóreo, habitante del mundo. “Ja, ja, ja, pobre mortal, condenado a mirar de lejos lo que yo creo, sin poder tocar más que el aire exhalado por la fantasía, ¡pobre mortal!”.
Los sueños son el resumen de aquella burla, noche tras noche. Por eso a veces preferimos olvidarlos, porque alguien nos dijo de niños que a palabras necias, oídos sordos. “Ja, ja, ja, pobre mortal, si supiera que ‘necio’ viene del héroe Neciodo, que con su dulce poesía convenció al Diablo de no matar a Cristo antes de nacer”.
En sueños somos dioses, titanes, magos. Los hombres son mujeres; los niños, grandes; los viejos, jóvenes; las mujeres, Mujeres. Nada se vuelve imposible cuando dormimos, en la película proyectada por aquel mayordomo elegante que nos hace creer millonarios, dueños de Playboy, Bruno Díaz o la octava reencarnación de Cortázar según la mitología griega. Él nos sirve el vino de los Dioses mientras nosotros miramos la película, reímos, damos una pitada al puro que humea entre los dedos y nos dejamos engañar por nuestro siervo, el único que no ha olvidado que, al fin de cuentas, el culpable siempre es el mayordomo.
Y al día siguiente, ya despiertos, intentamos volver a estar soñando: intentamos escribir.
La ruta del reno
Mi abuela está loca, siempre lo ha estado. Mi tío dice que tiene tanto dinero como locura. No me gusta lo segundo. Especialmente porque sus delirios de mujer recatada parecen empeorar con el verano y, más aún, con la llegada de la Navidad.
Aquella noche era veinticuatro. No hacía ni frío, pero ella estaba abrigadaza. Mis padres me habían dejado encargado en la enorme mansión familiar. Yo sólo miraba las arañas que caminaban borrachas sobre la pata de una mesa, cuando la abuela me habló.
- ¿Alguna vez te he cantado el villancico de “La Ruta del Reno”?
- No.
- Bueno, pues escucha con atención…
Y respiró profundamente, con dificultad, arrugando su nariz hasta convertirla en una pasa, y cantó:
La ruta del Reno
que persigue la nieve
nos lleva a donde nacen
los suspiros
Ahí donde los duendes
afinan del Brillo
las cuerdas doradas
que apresan al Sol
E hibernan las horas
robadas al Cronos
que ruge en su jaula
de orozuz
Y el cruel domador
de barba teñida
divide los copos con su voz
dibujando su rabia
en el seno del viento
al son de su látigo,
Belcebú
¡Y emprende carrera
en trineo de hielo
llevado por sendos
tucanes de mar!
¡Y así el veinticinco
trepando los techos
se mete a las casas
queriendo robar!
Una-sola-cosa…
Porque cuando duermes
te deja regalos
que tú ingenuamente
prefieres mirar
Sin saber que en tu sala
de todo lo bueno
hace falta el divino
que han venido a adorar…
- ¿Qué? ¿Quién te ha dicho eso?
- Mi amiga Matilde.
- Ja, ja, ja, ay hijo, ¡esa es una tontería! Todo el mundo sabe que Diosito se lleva al Niño Jesús de los nacimientos cada año, cuando llega la navidad.
- ¿Para tener buena suerte?
- ¡No…!
Me respondió de golpe; y, tras parpadear un poco, continuó.
- Para que no se lo vuelvan a matar.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Memoria infinita (fragmento)
viernes, 31 de julio de 2009
Dos nubes de sangre
El sueño
El sonido típico de un ferrocarril no cambia las cosas. Cargado de azúcar, el gusano metálico pasa raudo ante sus ojos, sin que ella se inmute ni deje de estar concentrada. Su atención sigue puesta en el vacío. Sin embargo, un perro se acerca a olfatear. Tiene curiosidad por saber qué tipo de chocolates tienen la chica entre sus dedos. ¿Serán de esos que tienen relleno de fruta? No lo sabe, pero se muere por probarlos, así tengan veneno en su interior.
Ella sigue perdida. Sus movimientos se reducen a acariciar la comida y a parpadear de vez en cuando, cada vez que lo recuerda: está viva, quiera que no. El perro acerca su nariz a los pies de la muchacha. Olfatea, “sus zapatos huelen a carbón”, piensa, “seguramente debe trabajar en la mina, como las hijas del tabernero”. Entonces recuerda al viejo gordo, golpeando el aire con su escoba, gruñendo tras el escape canino, casi siempre inevitable. El perro sonríe.
Olfatea un rato más. “Los chocolates ya se habrán acabado”, piensa, sin dejar de rozar el hocico sobre la piel de la chica. La humedad debería llamar su atención, pero no es así. O no parece, al menos. En realidad, es ella quien hace durar los chocolates: hace buen rato que notó la presencia del perro. Es más, si se dedicó a concentrarse en la nada y a saborear con cuidado, partícula por partícula, la oscuridad de la dulzura, fue precisamente por llamar la atención del can.
El tren anuncia su llegada. Al instante, irrumpe en el panorama de nuestra joven gourmet. Lentamente se detiene y los pasajeros empiezan a bajar. Él, un muchacho, camina sobre la acera y busca a su alrededor. La encuentra, sonríe, se acerca corriendo. Ella lo mira, con cansancio, y se pone de pie. Deja los chocolates, saca el arma, apunta y dispara. El perro empieza a ladrar, entre los gritos histéricos de la gente al oír el balazo. Llega un policía y torpemente la captura. No se resiste.
“Fue tal como lo soñé: el perro, los chocolates…descansa en paz mi querido niño, hijo de puta, ahora sí: descansa en paz”.
Y pensando en esto, le da una última mirada al cuerpo, se deja llevar por el policía y se ríe con verdadero estruendo, asustando, incluso, al confundido animal. Hay lágrimas en sus ojos pero a la vez felicidad: no más minas de carbón, no más encuentros obligados. Nunca más los sueños húmedos de un mortal asqueroso.
“No, Dios santo, no… nunca más”.
Una sopa arco iris
Hacía un poco de frío esa tarde. Como siempre he odiado usar chalina, cubrí mi boca y mi cuello con una chompa de lana, atándola por las mangas a la altura de mi nuca. Debía parecer una especie de pandillero lorna. Sin embargo, quería mantener mi garganta a salvo de cualquier tipo de infección: un mar de flema no es precisamente el mejor acompañante para un beso. No me importaba si la gente se quedaba mirándome, como suele pasar los días en que me visto de rana (con polera verde, pantalón amarillo, zapatillas de menta…) o cuando olvido peinarme tres veces, frente al espejo, para evitar que mi cabello cobre vida y empiece a saludar a los transeúntes. No, esa tarde no.
Más bien, me sentía con mucho ánimo de ignorar a todos. En serio. Ignorar sus miradas, para empezar; sus voces, sus olores, sus oídos fingiendo sordera, sus narices respingonas (qué gracioso, res-pingonas), su calor humano, su sed, su hambre, su espíritu de masa anónima, heterogénea, dispersa. Ignorar los saberes previos, los prejuicios, los crímenes anhelados, el sabor de un almuerzo frío, el volumen alto de un televisor, las letras magistrales de una novela corta, la porquería de guión de un cómic (que me gustó más que la novela), la cama, el ronquido, el sueño precioso, con el rostro de Lupe, acercándose…el despertar húmedo. Ignorar el baño, el secado, el “péinate, carajo”, en fin… ignorarlo todo y amar, amar la inutilidad del mundo, su simpleza o simplonería, todo él, vacío, inerte, cachaciento: como el amor.
Y el amor es un bicho raro. Me hizo caminar con rapidez de la vereda de mi casa a la vereda del parque, o Plaza Cívica, como suele decir nuestro canino alcalde (un cruce entre afgano y fox terrier). Esquivando autos, chibolos suicidas, gatos gigantes sin correa, pasé de una a otra las cinco cuadras enormes de la ribera gris, al compás de la avenida triste, o Sáenz Peña. Girasoles de plástico sobre el vendedor de caña (sí, el mismo que en verano vende raspadilla), bodegas rojas, notarías azules, cantinas verdes con franjas de limón y una capilla preciosa, con su virgen de las manzanas y sus flores de papel carbón. Todo tan esperanzador y firme como el simple deseo de llegar al parque “vivo”, sin las cuchilladas dulces de los graciosos ladrones (tan lindos ellos).
Y obviamente, la realidad incuestionable de que debía a besar a Lupe, pasase lo que pasase. Llegué a la Plaza, alguna vez hermosa, y resultó que estaba llena de parejas de estudiantes. Eran cerca de las siete, después de todo, y los del turno de la tarde estaban saliendo. Ellos las abrigaban, falsamente atentos, prestándoles sus chompas verdes, guindas o celestes, y abrazándolas por la espalda, observando el arco iris.
Porque esa tarde, como nunca, un enorme listón multicolor adornaba el cielo pálido, congelado, puramente citadino. Y los niños que pasaban señalaban desde sus motos, y las parejas se miraban, tiernamente; y las chicas soñaban mirando el arco iris y los chicos apretaban más fuerte, bajo el pecho, sin dejar de ser animales. Y más allá, las nubes naranjas y violáceas, que anunciaban la partida de la tarde, hacían pensar a mi Lupe que aquel clima era el perfecto para un asesinato. Cuando llegué a su lado, frente al sucio escenario donde jamás se hizo drama, yo solamente pensaba en una cosa.
- ¿Besarme? –preguntó.
- Sí –le dije con nerviosismo-. Esta vez sí estoy listo.
Lo pensó un segundo, sonrió, con algo de sarcasmo, y las nubes naranjas se reflejaron en sus pupilas negras, preciosas. Y abrió la boca, suavemente, como acariciando el aire con sus labios; y me dijo:
- Lástima, mi padre me mató ayer.
Y el aire mismo, excitado, se llevó su figura imaginaria hacia el cielo, haciéndola rebotar contra una nube, estrellándola sin piedad contra el arco iris, rompiéndolo como un vitral de iglesia y dejando caer los trozos de vidrio sobre los amantes furtivos, quienes dejaron de pronto sus sueños de romance y gritaron aturdidos bajo mi lluvia sangrienta. Confundidos y torpes: una sopa arco iris.
Gris
Aquellos días son tiernos. ¿Sabes? Hay un límite muy difuso entre la ternura y la pesadez. Es aquel límite el que nos hace odiar a la amistad que se acerca, toda ella, dulzura y esperanza nuestra, cuando precisamente nos ha pasado algo malo y lo que más necesitamos es tener a alguien cerca: alguien a quien poder mandar a la uretra y dejar con ello claro, a todo el mundo, que es difícil ser nosotros, que nadie nos entiende, que deberíamos estar muertos y que no importa lo que digan alquimistas o sangres de campeones, el mundo tal cual lo conocemos hoy no es más que una burda y reverenda huevada con su chorizo frito de adorno. Qué tierno, ¿verdad?
Es así como le dañamos el cerebro a alguien, ¡y sin cobrar nada a cambio! Uno mismo no cree ni la mitad de lo que ha dicho, pero ya ve, lo ha soltado, se ha liberado de esos demonios que bailaban en su cabeza y que carcomían sus neuronas, ya de por sí afligidas, hipocondriacas y con diversos traumas de la infancia.
La ternura es esa arma tan feroz, tan nuestra, que siempre utiliza el enemigo. Es garantía del hastío, caridad sexual con el chico tímido, salvación de vidas tristes, semilla de una ilusión y, bien utilizada, la mejor y más grande cura para la puñetera verdad de un mundo plagado de rencores. Mal usada, es una metáfora barata, en un texto barato, de un escritor de días grises.
Y ya que volvemos a mencionarlo, ¿cuándo sabemos que un día es realmente el adecuado para escribir? Muy simple: siguiendo la rutina de una hora inexistente, te hallarás sentado, sin querer, frente a la pantalla del monitor, o frente a tu cuaderno de notas, según sea el caso. De pronto, dejarás de sentir tus dedos como parte voluntaria del organismo. Tus ojos se abrirán por completo, dejando atravesar la luz de una sonrisa irónica. La mente se volverá tu dueña, describiendo a tu nariz los olores de la más remota fe. Tus oídos dejarán de escuchar, tus pies, de caminar, y tus lágrimas, con su voz gélida y caliente, prenderán sus puros bajo la brisa del miedo, dictándote de paso, una por una, las palabras que deberás grabar con tinta de hierro sobre la realidad improbable de tu mundo.
Cuando todo esto pase y, finalmente, decidas ignorar por completo a las jodidas lágrimas…aquel día, créeme, sólo aquel día, será genial para escribir.

