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jueves, 2 de diciembre de 2010

Itinerario Infantil

10 am
Salió al parque que está al frente de su casa, hurgó entre el pasto - buscaba todo tipo de insecto rastrero - encontró uno, una hormiga negra, fácil de atrapar. La metió dentro de una botella pequeña, la contempló con entusiasmo y la samaqueó un poco. Entró corriendo a su casa y se dirigió a la cocina; tuvo varias ideas macabras, pensó en varios objetos peligrosos, al fin se decidió. Abrió la refrigeradora, destapó la botella y dejó caer a la hormiga dentro del fresser, elevó al máximo el grado de temperatura manipulando el termostato, cerró la puerta y calculó media hora. Mientras tanto, fue a buscar más insectos. Encontró un escarabajo, una mariquita, una libélula, y un insecto negro muy raro, aparentemente inofensivo. El saltamontes era el único insecto al que no se atrevía coger porque le aterraba su aspecto. Transcurrida la media hora, se dirigió nuevamente a su cocina, abrió la puerta del fresser y encontró a su hormiga petrificada. La guardó en una caja y nuevamente vació todos los insectos de su botella en el fresser y los encerró para que se mueran de frío. Cuando los fue a buscar, una hora más tarde, todos estaban muertos, menos el insecto negro aparentemente inofensivo, que al caer en la caja con los demás insectos empezó a moverse con desesperación. Las almas en pena de los otros insectos que acababan de morir le increparon odio y deseos de venganza. Él no las pudo ver y nunca supo nada.

11 am
Entró al cuarto de sus padres y buscó entre las pertenencias de Ricardo. Encontró varios objetos: una caja de herramientas de color roja, una caña de pescar, un cuchillo envuelto en cueros parecido al que usa Rambo y un fumigador pequeño. Al encontrarse con este último objeto, se alegró. Recordó la forma cómo lo usaba su papá. Lo manipuló y se imaginó varias cosas, al fin se decidió por una. Fue a la cocina, llenó de agua el fumigador y lo mezcló con detergente, lejía y pulitón, quiso meterle más cosas pero no encontró nada más. Salió a los alrededores de su casa, buscó los huecos de donde varias veces había visto asomarse arañas negras. Apuntó y empezó a disparar. Las telarañas llenas de polvo se humedecieron y dejaron aparecer desconcertada a una araña negra. Afinó su puntería y la atacó sin piedad. Los chorros de agua salieron con fuerza aplastando a la araña. Al final la pisó y se fue en busca de más trampas malditas. Ningún arácnido sobrevivió a sus ataques. Las almas en pena de todas las víctimas de las arañas se le acercaron a vitorearlo, pero él no las oyó.

3 pm
Fue a buscar a sus loritos. Estaban encima de la refrigeradora, metidos en su jaula, allí acostumbraba ponerlos su mamá. Los encontró adormilados con sus picos hundidos entre las plumas de sus espaldas. Cogió un banco y subió para verlos. Se despertaron y movieron sus patitas temerosos de su presencia. Asió la jaula con fuerza y bajó con ella. Restos de choclo y caca cayeron al piso, renegó porque después tenía que barrerlo. Puso la jaula en el suelo y les abrió la puerta. Se sentó a esperar a que salgan. No lo hicieron y entonces decidió sacarlos a la mala. Una vez afuera, los dejó caminar y se rió viendo el movimiento de sus patitas. Los cogió con las dos manos y empezó a lanzarlos al aire. Se divertía viendo como aterrizaban: agitaban con todas sus fuerzas sus alas cortadas para evitar la caída aparatosa. Se le ocurrió una idea maquiavélica. Salió de la cocina y se fue a su cuarto en busca de sus carritos de juguete (de esos que arrancaban por fricción). Al regresar los encontró quietecitos en la puerta de su jaula. Los levantó y los puso en medio del piso de la sala. Calculó cierta distancia prudente y les apuntó. Cuando el carro salió disparado rectamente hacia los loritos, notó en sus ojos una expresión de alerta que le causó gracia. Dando un gran salto y aleteando fuerte, los loritos evitaron ser atropellados. Repitió la malévola escena una, dos, tres, cuatro veces más; pero los loritos siempre lograban esquivar el carro y resultaban ilesos. Al final, decidió regresarlos a su jaula, orgulloso de la destreza de cada uno. Los loritos lo maldijeron deseándole la peor de las tristezas, él jamás se lo imaginó.

4pm
Salió a la calle a cazar lagartijas. Su afán coleccionista lo ponía en práctica con insectos y animales. Le daba la vuelta a todo el barrio, especialmente, iba por los terrenos aún sin construir. No podía cazarlas solo, lo hacía con todos sus amigos. Al igual que él, ninguno de ellos tenía mejor forma de divertirse que ensañándose con las lagartijas y los grillos. Él llevaba puesto un buzo con cierres en los bolsillos. Cuando en el camino encontraba algún grillo, lo atrapaba con las manos y lo guardaba en su bolsillo. Él le perdonaba la vida a las lagartijas panzonas porque sabía que eran hembras y que iban a tener lagartijitos muy pronto y aunque le costaba mucho convencer a sus amigos de que no las toquen, lo hacía. Cazaron una, dos, tres, diez lagartijas y las metieron de cabeza en una botella de plástico. Cuando no podían acorralarlas recurrían a las resorteras y palazos. En la caza furtiva y despiadada, muchas lagartijas perdieron su cola. Ellos se asombraban de ver cómo la cola arrancada parecía tener vida propia moviéndose de derecha a izquierda. Alguno de ellos tuvo la disparatada idea de decir que había que mearlas para que no vuelva a crecer, entonces todos sacaban sus pichulitas y empezaban a chorrearle sus orines. Todos creían que eso surgía efecto porque al rato la cola dejaba de moverse. Otras lagartijas morían y ellos decidían abrirles sus cuerpos para descubrir que es lo que llevaban dentro. Al llegar a casa, él se adueño de la botella llena de lagartijas y la escondió en la tapa del medidor de agua, un escondite en donde sus padres nunca buscaban. Cuando las encerró, ellas le clamaron libertad, pero él no distinguió en sus rostros ninguna pisca de desdicha. Nunca supo que lo aborrecieron hasta el último segundo de sus vidas. Luego buscó sus grillos en el bolsillo de su buzo y sólo halló un hueco. El último grillo en escaparse se burló de él gritándole niño tonto, él no lo oyó.

11pm
Salió de su cuarto sediento. Su mamá no lo dejaba tomar agua tan tarde porque se orinaba en la cama. Como ya todos estaban durmiendo, fue a la cocina a calmar su sed. Al prender la luz vio decenas de cucarachas que hurgaban entre las hornillas de la cocina buscando residuos de comida. Algunas desconcertadas por la luz repentina, regresaron a su escondite y otras no se movieron embelesadas con su alimento. Pensó un momento y se le ocurrió una idea tenebrosa. Apagó la luz y prendió una vela. Cogió un cuchillo grande y con la vela en alto se acercó a las hornillas. Con suavidad acercó la hoja del cuchillo a la cabeza de la cucaracha más hambrienta y cuando la tuvo muy cerca la decapitó. Esbozó una sonrisa de sorpresa al ver que la cucaracha salió corriendo dejando olvidada su cabeza. Tuvo otra idea mucho más perversa que la anterior. Ladeando la vela, la acercó hacia otra cucaracha y le dejó caer encima la cera caliente. Asestó y quiso reírse a carcajadas viendo los retortijones de dolor de la cucaracha. Esta se volteó patas arriba y él sonriendo maliciosamente, aprovechó para rociarla con la cera caliente hasta cubrirla por completo y dejarla sepultada. Mató a muchas así, a más de 20 quizás. Todas gritaron de dolor, le suplicaron piedad, exclamaron perdón, pero al no encontrar respuesta maldijeron su cobarde existencia. Él nunca supo cómo escucharlas, hasta ahora.

viernes, 22 de octubre de 2010

Minina

He empezado a odiar el sonido de mi despertador, siempre puntual, a la misma hora, todos los días. Algún día podré ignorarlo, ahora no. Si lo hago, luego debo soportar miradas inquisidoras; y en esta etapa triste de mi vida, cuando intento sentar cabeza, no puedo darme el lujo de mandar a la mierda todo aquello que me disgusta. Lo que más extraño de mi anterior vida, es el cariño de mi madre al cocinar, por eso creo que en parte tenían razón al decirme mantenido.

Mi gata siempre fiel, duerme a un lado de mi cama y es la primera en saludarme. Creo que también ha empezado a odiar el sonido de mi despertador. Mis padres nunca me dejaron tener mascotas y a mis 30 años, recién se lo que es tener una. He observado su comportamiento y creo que es la única que me da auténticas muestras de cariño, sobre todo cuando lame mi mano. Es una dulzura. Yo le correspondo quitándole las legañas.

Debí imaginarme que al mudarme a este cuarto, iba a tener los mismos problemas de siempre. Es increíble pero pareciera que las ratas me persiguen, vengo ahuyentándolas toda mi vida. He visto varios documentales sobre la vida de estos roedores y si no fuera por su tamaño, creo que serían muy superiores a otros animales. La experiencia me ha enseñado que con bocado nunca morirán. Por eso decidí conseguirme un gato, así, sin titubeos, de manera tajante y en definitiva, un gato, un felino guardián.

Cuando me lo regalaron, me dijeron que era macho; pero he descubierto que no lo es. Hace poco, un amigo, me contó que a él también le regalaron uno, que al igual que el mío, no tenía pene, ni bolas, pero que con el tiempo le aparecieron. Y como mi pequeño felino no daba señales de que pronto le saldrían bolitas entre las piernas, decidí averiguar en Internet cual es la diferencia entre las gatas y los gatos. Me sorprendí porque para conocer el sexo de mi gato, sólo bastaba mirarle el pelaje. Como el mío es tricolor, entonces es hembra; si hubiese sido de uno o dos colores, me hubiese visto obligado a auscultarla con más minuciosidad.

El día que me la regalaron, le fue difícil desprenderse de las patas de su madre; pero con bastante cariño y una lata de atún, tres días seguidos, se convenció de que yo era un dueño que valía la pena. Esa misma noche ahuyentó a las ratas con su llanto desgarrador y exasperante y yo pensé, con total lucidez, que era más decoroso dormir soportando los maullidos de un gato, que los ruidos de una rata caminando por todo el cuarto incluida mi cama.

Después de ese mismo día, ya no tuve que sacudir mi ropa de excremento de rata y ya nunca más encontré mi jabón con pequeñas y perfectas mordidas de pericote, empecé a vivir con un poquito más de decoro y de la manera más sencilla. Ahora trato de ser amoroso con mi gata para que no me abandone como lo hizo Lucía. Don Zacarías, me contó hace ya varias semanas, que los gatos se resienten para siempre y me ha dado miedo, con lo mucho que me costó conseguir a la Minina, con lo mucho que me cuesta asumir la soledad.

Así le he puesto de nombre a mi gata, ya dije que nunca he tenido mascota y tal vez por eso no me motiva bautizarlos como se debe.
Ahora que lo recuerdo, aquel día, me sorprendió mucho que Don Zacarías conversara conmigo tan abiertamente. Me dijo que el jefe está muy contento con mi trabajo y después, como si hubiese visto a través de mis ojos, empezó a hablarme de la vida y las mujeres y de las mujeres y la vida.

Habíamos recorrido la mitad de la ciudad realizando un trabajo que el jefe nos encomendó. Él conducía el carro y yo lo guiaba, entonces decidió detenerse en un restaurante. Vamos yo invitó, me dijo de buen humor. Eran recién las doce del mediodía, pero acepté gustoso sin reprocharle nada. Nos acomodamos en una mesa cerca de la ventana y empezó a hablarme de su vida, de su anterior trabajo, de sus hijos y de su mascota.

Tengo un gato, me dijo. ¿Y sabes? el gato es más fiel que el perro, te sigue hasta la tumba. Cada vez que llego a mi casa, me recibe con maullidos y ronroneos. Me persigue a todos lados hasta que le de algo de comer y cuando está contento, empieza a correr como loco por toda la casa y hace algo que me parece increíble: intenta atraparme la pierna con sus dos patas, jaja. Me alegra el día, así me haya ido mal. Pero sabes, creo que los gatos también se resienten. La verdad no es mío, es de mi vecina, no sé que le habrá hecho ella, tal vez no lo alimentaba bien, pero un día se acercó a mi casa, frotó su lomo entre mis piernas y como yo le correspondí con comida, se quedó.

Todo aquel comportamiento del gato de don Zacarías yo ya lo había observado y también gozado con Minina; pero no se lo dije para que se explayara en detalles y yo disfrutara de sus palabras. Me pareció una conversación predestinada porque después, cuando aún no nos servían el almuerzo, empezó a hablarme de mujeres. Apenas vio lo joven y buena que estaba la azafata, me habló de lo débil que es el hombre ante una buena hembra y de las consecuencias que trae sucumbir a la tentación. Premisa que yo no pude refutar.

No le había hablado a nadie de mi gata porque tenía miedo de parecer un hombre soso y ridículo a pesar de las variadas observaciones que había hecho de ella y don Zacarías se me anticipó con total naturalidad; ahora, tampoco había hablado con nadie de Cristina, una mujer que había empezado a cambiar mi vida perturbándome la mente, y de nuevo, Don Zacarías, adivinando los rumbos por los que iba mi existencia, empezó a darme consejos como si fuera un laureado sobreviviente en la guerra de la vida.

Antes de comprometerme con Lucía, yo había estado enamorado de Cristina. Sin haber hablado nunca con ella, sentía que la quería, que mi vida estaría completa si pudiera tenerla, la imaginaba llevándola de la mano a todos lados, besándola en el parque, en la playa, en el cine; pero en aquellos tiempos no podía hacer nada porque era la novia de Andy, un sujeto que cuatro años después de haber estado con ella, se fue a Lima con sus padres, prometiéndole simplemente no olvidarla jamás.

Cuando yo tenía tu edad, hacía y desasía. Desde muy joven me acostumbré a darle a las mujeres lo que verdaderamente quieren. Hubo un tiempo en que me frené un poco porque me aterrorizó la enfermedad del sida; pero mis trabajos me ayudaban siempre a estar rodeado de hembras que finalmente atracaban conmigo. A mi mujer le habré sido infiel un millón de veces, pero ¿sabes? la verdad siempre sale ha descubierto y si en ese momento, no actúas con la madurez y la astucia precisa, estás perdido. Yo ya no sé que me espera, pero cuando tu pareja descubre que le has engañado, aunque te perdona, no olvida jamás lo que le hiciste y eso es un suplicio que lacera tu conciencia cada noche.

Por casualidades del destino, Cristina entró a trabajar a la empresa recomendada por un familiar del jefe. Al verla, reconocí aquel sentimiento de antaño, la misma angustia de creer estar frente al verdadero amor y no saber qué hacer. La primera vez que conversé con ella, pude confirmar que siempre supo de mis sentimientos. Recordaba quien era yo en aquellos tiempos, que hacía y con quien andaba, incluso recordaba mi nombre completo. ¿Aún estás enamorado de mí? ¿Aún quieres estar conmigo? leo a veces en sus ojos y en algunos de sus gestos; pero me detengo temiendo engañar a mi destino.

Don Zacarías dejó de hablarme porque recibió una llamada a su celular. Entonces, escuchándolo, pude darme cuenta que lo que me había dicho, era para convencerme de no caer en la misma trampa de la que él, aún no puede escapar, por que empezó a decir palabras cariñosas, inspiradas por una mujer, tal vez 10 o 20 años menor que él. Minutos más tarde, cuando terminamos de almorzar, llamó a la azafata para pedirle que por favor le alcanzara una bolsita, entonces empezó a juntar los huesos que habían sobrado y dijo: “Ahora sí, nadie más contento que mi gato”.

Minina es la única que me acompaña ahora. Después de 6 años de relación con Lucía, habiéndole huido al matrimonio infinidad de veces, ella decidió dejarme. Me acusó de ser otro hombre, uno más egoísta y retraído que el de los primeros años. Me culpó de haber permitido que ella se enamorara de un tipo que dice más palabras cariñosas y que da más amor, sin miedo al despilfarro. Quizás ella también necesitó de alguien maduro que la invitara a almorzar, que con sus palabras, la convenciera de que en todo este tiempo de pecados ha tenido suerte y que le advirtiera, que algún día, las maldades cometidas nos condenarán sin tregua alguna. No sé. Quizá ella fue honesta y yo un cobarde.

En la vida celebramos con entusiasmo todos nuestros triunfos y siempre hay alguien cerca de nosotros dispuesto a compartir nuestras alegrías; pero cuando una derrota llega y nos encuentra solos, sin ánimos de afrontarla, el golpe duele aún más. Debí haber amado mucho a Lucía para que aún me duela su partida. Ella no se anticipó a lo que yo iba a hacer. Como siempre, había pensado dejar que mis días y mis horas siguieran su propio curso, como las aguas turbias de un río, simplemente iba a seguir imaginando que Cristina y yo, terminaríamos juntos en un mundo paralelo, espontáneo, de fantasía, lejano de la realidad, la que hoy, me recuerda que estoy solo.

Acaricio a mi gata, juego con sus bigotes y sus orejas, admiro sus ojos, recuerdo mi primeros días sin ella, deprimido y denigrado por ratas que merodeaban mis sueños, entonces reconozco su labor, se lo agradezco y termino preguntándole “¿podrás cuidarme de mí mismo?”.

sábado, 27 de marzo de 2010

Beatriz

Capítulo II

No puedo negarlo, aquellos años en compañía de “los zoros” pasé los mejores momentos de mi adolescencia. Recuerdo muy bien aquel día en que llegué a “Las Brisas”, supe en seguida que la pasaría muy bien. Mis nuevas vecinitas me dieron la bienvenida tímida y avezadamente. Se emocionaron al verme llegar, me enviaron saluditos e incluso las más atrevidas, algunos besos volados que hicieron que se me escarapelara el cuerpo. Yo estaba preocupado de que todas ellas vieran los cachivaches que descargaba del camión de mudanzas; pero parecía que la curiosidad de cada una de ellas estaba centrada solamente en mí. Era verano y tal vez en algo influía el clima.

La casa a la que me mudé era del hermano de mi mamá y estaba ubicada frente a una improvisada canchita de fulbito, junto a un bonito parque con pileta en el centro. Mi tío nos prestó su casa con tal que la cuidáramos. En aquella calle, que urbanísticamente hablando, era un pasaje, vivían chicas muy bonitas, pero la mejor de todas era Fiorella. Recuerdo que cuando la vi por primera vez me gustó mucho. Su casa estaba ubicada a unas diez casas de la mía. La encontré diferente a las demás, principalmente porque ella no demostraba demasiado interés en mí. Era trigueña, de ojos bonitos, creo que achinados, tenía el cabello ondulado y siempre lo llevaba suelto. Muy pocas veces podía verla sonreír. De todas ellas, Fiorella era la única que se ponía vestidos veraniegos, que cuando corría, parecían hacerla volar. Por las tardes, siempre salía al parque a jugar con su gatito y yo la miraba desde la puerta de mi casa y me quedaba encantado viendo lo tierna y dócil que era. Los primeros días, salí a darme un par de vueltas por el parque en mi bicicleta y aunque ella insistió en ignorarme, no pude dejar de admirar su belleza. Decidí también ignorarla, hipotéticamente hablando, claro.

No me imaginé nunca por qué Fiorella siempre salía tan puntual, media hora antes del atardecer, en compañía de su gato a sentarse en un banco, hasta que la vi un día comportarse de manera distinta. Un muchacho, tal vez de la misma edad que yo, cruzó el parque en bicicleta y volteó a la calle Teatro. Me había acostumbrado tanto a su espontaneidad, que aquel día rápidamente me percaté de lo nerviosa que se puso.
Yo, que por un momento creí que a quien miraba era a mí, también me puse nervioso; pero como no pude creérmelo, voltee a buscar a donde iba dirigida verdaderamente su mirada. Entonces vi a aquel muchacho que surcaba el parque en bicicleta raudamente, como si pasara por un lugar desabitado y desértico, como si su destino estuviera trazado y el lugar por el que pasaba en ese momento, no existiera en su mente. Alcancé a verlo bajando la vereda y volteando hacia la otra calle. Entonces Fiorella volvió a ser la misma de antes, de mirada melancólica y aire ensimismado. Agachó la cabeza en señal de desencanto, abrazó a su gatito, le dijo algo mirándolo a los ojos y como pocas veces, la vi nuevamente esbozando una sonrisa esperanzadora, mágica, de amor. Tres días después, cuando yo ya me había aburrido de la rutina, salí de mi casa minutos después del atardecer y pude ver, bajo un cielo encapotado de nubes negras, alumbrada por la luz amarilla del faro más divino del parque, a Fiorella, de pie frente al muchacho, que sosteniendo su bicicleta, la miraba dulcemente, intentando decirle que la única razón por la que él pasaba todos los días por el parque, desde hacía dos meses, a la misma hora y con la misma tímida determinación, era solamente para verla, admirarla y descubrir en sus ojos cuanto la quería.
Ahora yo me río, pero en ese momento lo primero que pensé, fue en salir también a buscar el amor de mi vida en bicicleta.

viernes, 5 de marzo de 2010

Beatriz

Capítulo I

“Un amor cobarde siempre está lleno de remordimientos” (SR)

La chica más bonita del barrio se enamoró de mí. Todos la querían pero ella sólo se fijaba en mí. Decía que ninguno de nosotros le gustaba, que nadie del barrio le interesaba; pero al igual que yo, ella me quería, lo sabía y ambos sufríamos secretamente. En esa época yo tenía 14 años y era demasiado tímido y además era el chico al que todos molestaban, al que todos fundían, el centro exacto de la burla. Me tocó ser el más monse del barrio. Eran momentos trágicos, de impotencia. Delante de ellos yo no podía pronunciar su nombre, me era imposible decir Beatriz cuando todos hablaban de ella; sólo escuchaba en silencio, soportando un calambre álgido en el estómago, sintiéndome orgulloso y cobarde a la vez y dilatándome el dolor de un amor que creía era inalcanzable. En cambio ellos la mentaban, la describían, la deseaban, y yo me daba cuenta que lo que sentían por ella, era muy diferente a lo que sentía yo y pensaba que si delante de todos me atrevía a nombrarla, descubrirían que la amaba, que la adoraba, algo en mi modo de decir su nombre me delataría, lo sentía. Y entonces estar enamorado de Beatriz hubiese sido más doloroso, mi amor por ella hubiese sido cruelmente gritado a los cuatro vientos y ella hubiese sido presionada y ridiculizada por el círculo de chicos y chicas pueriles que exigían conocer lo que opinaba del flaquito tímido que se había enamorado de ella. No quiero imaginar si hubiese sido para bien.
Solamente a solas podía decir Beatriz, llamarla, imaginarla; pero nunca hice algo, nunca me atreví a confesarle que estaba enamorado de ella, callé, fui el hombrecito más cobarde sobre la faz de la tierra; pero este mundo, (destino, suerte o lo que sea) no es ingrato. Beatriz me quiso, tal vez tanto como yo la quise a ella.

Cuando nuestros grupos se juntaban para jugar voley, carnavales o para celebrar el cumpleaños de algún amigo, nuestras miradas se cruzaban y entonces, otra vez, parecía como si dentro de mí, mariposas volaran poniéndome muy inquieto y nervioso. Eran de esas miradas que dicen todo en un segundo: lo que sientes, lo que piensas, lo que anhelas, lo que sufres, lo que callas. Y cuando parecía que la providencia nos iba a juntar de tanto mirarnos o cuando por alguna casualidad intercambiábamos palabras, no faltaba aquel pillo que encontraba la forma perfecta de ocultar sus miedos y evitar ser fundido que escudándose en mi jacarandosa figura. Entonces, cómo yo nunca fui bueno para defenderme o para resaltar los defectos de los demás e inventar apodos, todos me agarraban de punto y así mis ilusiones terminaban desvaneciéndose. No me quedaba más remedio que maldecir mi mala suerte. Solo en mi cuarto, renegaba y suspiraba amargamente recordando sus ojos, su cabello suelto, su sonrisa, su forma de caminar, sus movimientos al bailar, sus manos blancas y su voz que nunca decía mi nombre, pero que en su mente lo gritaba, lo suspiraba, al igual que yo. Eran noches, madrugadas y amaneceres en la dolorosa compañía de su recuerdo. Un recuerdo de fantasía que solamente ameritaba mi voluntad para volverse realidad. Una realidad palpable, acariciable. Pero estaba perdido, extraviado. Yo era como un cachorrito sumido en un mundo de lobos, hienas, coyotes y zorros, sobre todo zorros.

Solamente cuando jugábamos fulbito a mí me tocaba llevar la batuta, formaba parte de los altos mandos, de los que encabezábamos el grupo. Allí yo estaba en mi territorio, donde me desenvolvía con soltura y en donde nadie podía faltarme el respeto, en donde yo podía gritar, insultar y hasta dar de patadas. Me daba el lujo de dejar a varios sin jugar, los condenaba al bancazo, llamaba a quien me daba la gana; pero recuerdo que siempre estaba triste pensando en el día en que por fin podría estar con Beatriz. Hubo un tiempo en que incluso, tanta era mi ansiedad por ella, que le dedicaba cada uno de mis goles, íntimamente claro. Dejé que pasara cada día y cada noche, creyendo que lo nuestro sería eterno y que por alguna fuerza magnética amaneceríamos, atardeceríamos o anocheceríamos juntos, sin saber que ella abría su corazón a otro amor que no sea tan lento, indeciso y cobarde como el mío.

viernes, 8 de enero de 2010

El sucio animal

No puedo dormir... En todas las casas que he vivido siempre nos sucede lo mismo. La verdad es que así como ahora, nunca hemos estado solos. A parte de mi familia (mi mamá, mis dos hermanos y yo) siempre se nos infiltra un miembro más. Un individuo que, a falta de mascota que haga las de guardián, hace de nuestro hogar, un refugio en donde fácilmente encuentra protección, calor y sobre todo comida. Puede entrar y salir a cualquier hora del día. Las viviendas baratas pero de barrios modestos que alquilamos, son como un colador roto, siempre dejan pasar algo, y sobre todo, siempre carecen de algo, agua, a veces luz, pero siempre piso. No tienen piso y eso le da a nuestro hogar un olor característico, como a cemento y polvo humedecido.
Este sujeto abominable, a pesar de que lo insultamos y le ponemos avisos evidentes para que entienda que si no se larga vamos a tratar de exterminarlo, siempre regresa y a veces con todos sus parientes. Somos pobres, pero ya habremos gastado una buena cantidad de dinero en todas las veces que hemos intentamos matarlo. Cuando las trampas y porciones de comida mezcladas con veneno no funcionan, inquirimos bien cuál es su escondite - la cómoda, detrás de la refrigeradora, dentro de la cocina - hasta lograr ubicarlo; entonces, como sea, lo obligamos a salir. Pero parece que supiera que afuera, tres escobazos certeros y fatales le esperan para intentar ponerle fin a su cochina vida. Lo cual, la mayoría de veces, es una mera fantasía, porque su agilidad es tan grande, que en un descuido nuestro, mezclado con gritos de pavor, logra burlar nuestra asechanza, escurriéndose por nuestros pies que siempre tratan de eludirlo. Al final, logra lo que nosotros menos queremos: adentrarse en nuestro dormitorio, el único en esta casa en la que más nos ha hecho padecer.
Y esa es la peor desgracia que nos puede suceder, pues nos pasamos horas y hasta días enteros tratando de sacarlo. Tenemos que abrir cajones controlando el miedo a cruzarnos con su horrible y untuoso cuerpo peludo. Echarse a dormir sabiendo que puede estar en cualquiera de nuestras camas, es una mala idea que todos rechazamos. Así le dejemos un banquete afuera con la esperanza de que después salga a comer, ninguno acepta compartir su lecho con aquel inmundo animal, así sea por unos minutos. Nada. Peor aún después de haberlo visto en todo su craso esplendor. La verdad es que lo habremos derrotado en muchas batallas pero siempre nos gana la guerra.
Una de esas tardes en que había un silencio contagiante en el ambiente - como si la pereza hubiese llegado con la brisa y hubiese mandado a muchas personas a tomar una siesta - yo ya me había dado por vencido al percatarme de su tan pronta aparición. El menor ruido posible, se captaba en mi destartalada casa con eco. Bruscamente y sin importarle nada, prorrumpía en cualquier parte de la casa, sin miedo a represalias, como si nuestros gritos de miedo ante su presencia le hubieran dado la confianza de creerse un monstruo poderoso y aterrador. Tantas veces se nos había escapado que ya se creía invencible y tal vez hasta inmortal, porque no había veneno que pudiera hacerle estirar la pata, siempre salía ileso de nuestros platillos.
Descaradamente, mientras que yo me disponía a cambiarme de ropa para salir a jugar fulbito, él o ella (difícil saberlo) hacía alboroto en la cocina, sobre todo con las tapas de las ollas. Esto me causaba miedo e indignación, porque imaginaba nuestro almuerzo contaminándose con microbios procedentes del desagüe o con algún pelo hirsuto caído del asqueroso cuerpo de ese animal. Aún así decidí ignorarlo pues suficiente había tenido ya con la noche anterior, cuando a las dos de la mañana lo vi cruzar el cuarto por encima de las camas de mi mamá y de mi hermana, mientras que ellas no sabían si coger algo para golpearlo o seguir observándolo temerosas, para evitar ser tocadas o rozadas por su cuerpo peludo.Yo, que me sentía protegido en la altura de mi camarote, di un suspiro de resignación arrojando mi cabeza sobre la almohada, al mismo tiempo que maldecía su existencia y su empeño en seguir haciéndonos la vida imposible.
Abrí mi cajón y al sacar un polo deportivo, dos pequeños trozos de caca perfectamente ovalados rodaron por mi ropa. Yo ya había visto esto anteriormente, pero nunca se lo comentaba a mi mamá ni a mis hermanos para no acrecentar su temor y sus dudas, pues ellos eran los que dormían abajo y yo no sabía con certeza, si el sucio animal se surraba mientras tratábamos de expulsarlo del cuarto o mientras dormíamos, si era así lograba meterse por debajo de la puerta aunque la cubriéramos con maderas y piedras. Sólo me quedaba sacudir toda mi ropa y borrar cualquier evidencia que asustara más a mi familia. Y así lo hice, mientras que afuera el abominado seguía haciendo de las suyas en la cocina. Sigue buscando que comer, maldito pensionista, le dije.
Cogí mi balón, ya con mis zapatillas puestas y empecé a hacer dominadas en ese estrecho espacio de mi cuarto, vulnerado tantas veces por el sinvergüenza. No quería cruzarme con él, su pomposa presencia había traumatizado mi voluntad a hacerle frente y renegaba de impotencia al no poder salir de mi cuarto sin tener que pasar por la cocina.
Pensar que me encontraba en casa, sólo con él, me llenaba de miedo; pero me hacía también imaginar las más cruentas venganzas, como torturarlo si pudiera atraparlo en una jaula, quemándolo vivo o ahogándolo. Creo que ahogándolo disfrutaría más, porque podría ver su cara de desesperación.
Recordé haber tapado bien las ollas después de servirme mi almuerzo. Llevaba 60 – 61 – 62 – 63 dominadas, cuando de pronto, el ruido de un objeto cayendo en agua llenó la cocina de un chasquido desesperante que se fue dilatando en un notorio descenso, así como cuando las campanillas de un reloj que se ha quedado sin baterías chilla de manera agonizante hasta cesar. Poco a poco - como si las energías de un ser desesperado por seguir viviendo se fueran consumiendo en cada vano intento – dejó de sonar. Quise ir a averiguar antes, pero el record de 80 dominadas los fui superando en el transcurso de ese sonido enervante, hasta llegar casi increíblemente (porque soy bueno) con pie estirado y reloj despertador al suelo, a las 100.
Salí a ver qué había sucedido. ¿De dónde había provenido ese extraño ruido? Busqué en el lavatorio, entre la vajilla, en las ollas, por la refrigeradora, en el horno de la cocina e incluso dentro de la caja de fósforos y sin embargo no hallé nada, ningún vestigio de algún intruso rastrero. Me di por vencido. Pero cuando salí, mi mirada se tropezó con algo absolutamente absurdo y entonces mi corazón empezó a latir más rápido, no sé si de miedo o de algarabía. Vi un animal peludo flotando en el agua de un balde grande, en donde mi mamá había enjuagado la ropa que lavó el día anterior. Estaba aparentemente muerto. Agarré un palo y empecé a darle vuelta. Vi emerger una oreja y una cola enorme del agua sucia, mientras sentía que mi corazón se aceleraba más y más. Vi unos dientes enormes saliendo de su boca abierta llena de bigotes. ¡Por fin te moriste rata inmunda! dije mirando vengativo el cadáver del sucio animal. Supe entonces que mis latidos acelerados eran por la emoción de saber muerto a nuestro más tenaz enemigo. ¡Por fin habíamos derrotado al sucio animal! Calló en una de nuestras más improvisadas y esporádicas trampas. Al fin y al cabo resultaste ser una rata estúpida. ¿Te metiste al agua sin salvavida? ¿O hurgabas entre lo ajeno y te tropezaste con tu idiotez? Debes haberte arrepentido de habernos robado tanta comida en todo este tiempo porque así no hubieses engordado tanto y hubieses podido salvarte, rata, rata estúpida, jaja jaja jaja.
Saqué a la rata del balde de agua sujetándola de la cola algo temeroso de que resucite y contraataque, cuando de pronto, unos golpes en la puerta de la calle me asustaron y me hicieron soltarla. Su cadáver cayó al suelo dando un golpe seco. Alguien buscaba. Fui a atender dejando el cuerpo sin vida del abominado roedor tirado en el suelo. “¿Quién es?” pregunté y al otro lado de la puerta, una voz femenina me contestó. “Soy yo, Analí”. El rostro de la niña que me tenía descorazonado mañana, tarde y noche sin saber si al igual que yo, ella me quería, se me vino a la mente. ¿Qué querrá? me pregunté.
- Mi hermana no está por si acaso - le dije descortésmente mientras abría la puerta. Traía el cabello suelto y llevaba puesta una excitante pantaloneta roja que le permitía lucir sus bellos muslos – disculpa, hola - le dije arrepentido.
- Hola, no he venido a ver a tu hermana, vine porque supe que estas solo y bueno yo quería decirte que… – miró el suelo e hizo un gesto inquieto. A mí se me vino a la mente la más perversa idea, y le dije apurado, qué cosa, habla.
- Bueno vine a pedirte si podrías prestarme tu pelota para jugar vóley con las chicas – Yo me quedé con la boca abierta y casi con los brazos extendidos para recibirla.
- Vamos! No me hagas roche pues, por favor, nos hemos quedado sin balón y no queremos quedarnos también sin jugar - me dijo dulcemente.
- Está bien, espera un momento – le respondí.
- Ok. – dijo sonriendo y pegando un brinco.
Resignado, me di media vuelta. Mi corazón había empezado a ser condescendiente con ella ante cualquier pedido que me hacía pues no podía evitarlo, la quería y por cualquier instante con ella, daba lo que fuera. Me transformaba en su muñeco de trapo las veces que ella quisiera. Sin embargo, en las últimas ocasiones que estuvimos juntos, sentí que el momento de poder abrazarla y besarla por fin se acercaba: jugaba con mi pelo, me abrazaba del cuello, me pellizcaba y se corría para no devolverle el pellizco, se dejaba tomar las manos y entrelazar nuestros dedos, me celaba con algunas de las chicas y cuando estaba contenta conmigo, de un salto se trepaba en mi espalda para que yo la llevase cargada. Eso era para mí la gloria, porque me abrazaba y me daba un beso tierno en el cuello. “Debo esperar el momento preciso, inventar un encuentro de noche, tal vez ella espera eso de mí pero yo no me atrevo, no sé cómo alcanzarla, a veces tengo ganas de robarle un beso pero me agobia el miedo de que se enoje conmigo. Si tan sólo me diera una señal”. Entré a la cocina y me topé con la rata muerta.
- ¿No hay nadie? - me preguntó desde afuera.
- ¡No! - le contesté mientras cogía con la yema de mis dedos la cola de la rata para intentar arrojarla a la basura.
- “Vaya, ¿sí que tienes muy pocas comodidades aquí no?” me dijo Analy sorprendiéndome desde atrás. Entonces sucedió lo inevitable. Asustado, sin tiempo para pensar en librarme de cualquier cochina evidencia que delatara mi prosaica existencia, no pude hacer más que voltearme con la rata muerta colgando de mi mano izquierda y ella, que al parecer se estaba acercando para darme un pellizco, o una caricia en la espalda, hizo tan elocuente gesto de repugnancia, que hasta ahora me avergüenzo de mi mismo y reniego de mi total estupidez.
- ¡Que asco! – me dijo con una voz que jamás se la había escuchado en el tiempo que la había conocido. Casi al instante salió corriendo despavorida y tal vez más decepcionada de mí que otra cosa. La vi abandonar mi cocina, mi casa y mis ilusiones como si huyera de un fantasma o de un monstruo.
- ¡Analy!, está rata está muerta” le grité, aún más estúpido; pero no dio marcha atrás.
Ahora, creo que ya son más de la una de la madrugada y sigo sin poder dormir, no dejo de pensar que tal vez por culpa de esa maldita rata, mis posibilidades de alcanzar el amor de Analy se echaron a perder, debe creer que soy un pobre diablo, un idiota; pero además, me molesta ese ruido grosero que al parecer, proviene de la caja de la basura afuera en la cocina, desde hace más de media hora que no me deja conciliar el sueño…

martes, 17 de noviembre de 2009

PERDIDOS (II)

Cuando despertó sintió el calor de Zeta a su lado. La observó en silencio y reflexionó sobre el número de prostitutas con las que se había acostado. Apenado, descubrió que había perdido la cuenta; sin embargo, ella era la primera con la que pasaba una noche entera. No le importó, recordó a su ex esposa y al mirar a Zeta, pareció encontrarle un rasgo parecido, algo que le hacía recordar a B y querer adorarla; pero no supo precisar qué era: ¿sus pestañas?, ¿su nariz?, ¿sus labios?, ¿su frente?. En el fondo nunca deseaba ofenderla, en el fondo, sabía que los únicos amaneceres tibios antes de X, Y y Z, fueron a su lado. Sintió que nada de nuevo tenía esa mañana, ese amanecer. Una vez más, al lado de un cuerpo extraño recostado sobre sus sábanas maritales, recordó el tiempo perdido, los días que se alejó de su familia, las noches dedicadas con egoísmo a sus proyectos y sintió el mismo remordimiento lacerándole los sentidos pero con más fuerza. Eran casi las cinco y media de la mañana. Sintió asco de su propia vida, le dolió la cabeza.
Suavemente se quitó las sábanas de encima, se vistió y caminó descalzo hasta el baño pensando en la forma cómo iba a deshacerse de Zeta. Mientras tanto ella, que había permanecido recostada, aparentando estar dormida, esperando que Equis actuara, tal vez la acariciara, se sintió despreciada y se arrepintió de no haberse largado antes. Quiso moverse, pero le impidió el miedo de saberse sobria. También era la primera vez que amanecía en el departamento de uno de sus amores efímeros, pero porque ella quiso, porque algo en él le impresionó, aunque no sabía precisar qué era: ¿su mirada?, ¿su soledad?, ¿el sonido de su voz?, ¿la marca del cigarrillo que fumaba? ¿sus manos al tocarla?. Algo en él la hacía añorar no sabía que cosa. Se sintió triste y aguantó el llanto.
En el baño Equis manoseó su sexo humedecido. Quiso bañarse pero tuvo desconfianza de Zeta. Recordó las poses en que le hizo el amor y sintió una leve erección. Imaginó el cuerpo de Zeta desnudo, bajo la luz de esa mañana calurosa y quiso ir a levantarla; pero para no volver a sentir lástima de sí mismo, decidió que el día siguiera su propio ritmo, así luego creía sufrir menos. Después de lavarse el rostro y cepillarse rápidamente los dientes, salió del baño. Lo que vio le hizo sentir un espasmo: Zeta estaba completamente desnuda, de pie, frente a la ventana. El contraluz le dejó ver su silueta perfecta: sus caderas turgentes, su culo grande, sus piernas esbeltas. La deseó con más fuerza.
Zeta no supo si darse vuelta. Se había levantado para ver lo hermoso del amanecer, para oír el canto de los pájaros, para dejar que los primeros rayos del sol le dieran en el rostro. Tenía los ojos humedecidos por la pena. Recordó la retahíla de orgasmos que había tenido haciendo el amor con Equis y una por una llegaron a su mente, las palabras de amor que sus gemidos y gritos provocaron. Extrañamente, deseó tenerlo nuevamente. Sus pechos se le erizaron.
Equis se detuvo a contemplarla. Pensó que el cuerpo desnudo que tenía al frente suyo era riquísimo, que haberla acariciado la noche anterior había sido una maravilla, que sentir placer con ella una vez más sería divino; quiso expresarlo, decírselo; pero de pronto se sintió estúpido, ridículo, sobrio. Pensó en lo raro que era tener a una mujer que no fuera la madre de su hijo respirando el mismo aire de su habitación. Otra vez lo embargó el deseo de maldecir su vida, de drogarse, embriagarse y matarse poco a poco. No dijo nada, bajó la cabeza y se dirigió a la cocina con ganas de salir lo más pronto posible de esa casa. Se sabía de memoria las clases que dictaba todos los meses, desde hacía cuatro años, en un colegio estatal. A veces los rostros que lo miran al salir, le recuerdan que hace mucho tiempo dejó de ser el mismo que solía ser cuando vivía en la armonía de su hogar completo. Hoy eso no hará falta.
Zeta secó las lágrimas de su rostro con el brazo. Dio una mirada triste al cielo despejado. Vio a un ave surcar las nubes a lo lejos y sintió envidia. Sonrió con algo de pena. Empezó a vestirse sin quitarle la vista de encima a Equis. Tuvo ganas de encararle las lágrimas derramadas, decirle que por su culpa había recordado lo vacía que era su vida desde aquel día que sus padres se separaron y se mudaron del barrio en donde había encontrado al gran amor de su vida. Miró el reloj y recordó el ambiente lúgubre del hospital donde trabaja. Todos los días improvisa sonrisas de buenos días y buenas tardes a los enfermos de aquel nosocomnio donde todas las semanas desde hace dos años se gana el pan y la nicotina de cada día. A veces esos rostros le dicen que la vida es como uno de sus poemas mal hechos, dignos de ser despreciados. Hoy eso no hará falta.
Equis sacó un pedazo de queso de la refrigeradora y se preparó un sándwich con pan de molde. Por un momento se imaginó con Zeta, sentados los dos a la mesa. Cogió su termo de color azul, lo destapó, observó un momento la aparición del vapor y preparó dos tazas de café. Se preguntó si sería capaz de romper el silencio que había en la habitación.
- ¿Tienes un cigarrillo?
- Revisa en mi chaqueta.
- ¿La que traías puesta ayer?
- Sí
– Los acabamos. ¿No lo recuerdas?
– Entonces ven aquí y toma café conmigo.
- ¿Por qué?
– No lo sé. Porque no podemos ir a trabajar sin tomar algo.
- ¿Porque el desayuno es el alimento más importante del día?
– Sí. Porque el desayuno es el alimento más importante del día. No eres una puta verdad.
– Sí lo soy, sino lo fuera, no estuviera a estas horas en tu habitación.
- ¿Entonces cuánto es por el excelente servicio?
- ¿Te pareció excelente?
– Sí. ¿Dime cuánto es?
- No vas a poder pagármelo.
– Díme, lo que sea.
- 100
– ¿100 dólares?
- No
– ¡100 soles!
- No
– ¿Entonces?
– 100 tazas de café.

viernes, 31 de julio de 2009

Terminar de morir

He imaginado en estos últimos días de Diciembre mi muerte. Más que imaginarla la he deseado. Descubrí entonces que le temo. Soñé despierto en su llegada de golpe y sin dolor. Se lo dije a mi conciencia. Se lo recordé a mi pasado. Se lo recriminé a mi virilidad. Se lo imploré al destino. Quiero morir. Yo no soy, ni seré capaz de matarme. Hazlo por mí. Has que se apague esta luz. Quiero descansar mi dolor. Has que esta combi se estrelle. Has que de este pasadizo salga un loco y me clave un cuchillo en el pecho. Has que un delincuente enardecido me dispare un balazo en la cien. Has que tropiece y me rompa la espina dorsal. Has que mañana no despierte. Hazlo, que no quiero nunca más volver a verme llorar. Quiero morir rápido hoy que se me han acabado las sonrisas, hoy que me he quedado sólo con mi arrepentimiento. Cerrar lo ojos y nunca más volverlos a abrir. No saber nunca más de mí. Si existe el paraíso, que me excluyan de él y desvanezcan mi alma. En el infierno que me acepten pero sin memoria. Ya no quiero caminar más. Me pesa respirar. Me cuesta y me avergüenza abrir la boca para comer. Perdí las ganas de recuperar lo perdido. Me quedan las ganas de olvidarme que existo aquí. Perdí mí deseo de buscar lo soñado. Ya no veo en cielos ni jardines. Ya no escucho el cauce de aquel río. No perdono haberme mentido. Pero igual que vengan todas a hacerme creer con sus propias palabras que no hay amor, que lo divino es imposible, una vez más. Que ya no sigan los días su curso a través de mi desdicha. Que no me obliguen las agujas del reloj a obedecerlas. Fui feliz un día y me presentaron la tristeza a los 14. ¿Qué hizo para encontrarme?. No volverá a suceder. Moriré. Seguirá y seguirán sus vidas sin mí. Que me toque morir hoy. Le tengo preparado a la muerte mi desolación envuelta en papel de regalo color negro. El recuerdo dulce y doloroso de niñas que amé y no me amaron. El odio de haber sido el autor de los más grandes idioteces. Oportunidades de conocerme a mí mismo desperdiciadas olímpicamente. Hematomas en la mente de golpes emocionales que el tiempo no cura. Que venga la muerte, todo en mí ya es cadáver. Hace mucho tengo muertas mis esperanzas. Expiraron mis ambiciones. Fenecieron mis razones de vivir, agoniza mi existencia, estos son mis últimos suspiros. Quiero terminar de morir, pero que me aseguren que no volveré a verme rogando abrazos, extrañando besos, odiando lo recibido, hablándole a mi soledad, pensando en la última mujer que me rechazó, imaginando lo que no hice, callando culpas, dejando caer mis ideas, traicionando mis años de casado, recordando mi niñez, descubriendo que todavía la amo en otro mundo. Que me aseguren que desapareceré con mis pensamientos. Que no sabré nunca más de mí. Que ya no extrañaré más el beso negado. Que no me desgarrará el saber que no le intereso. Terminar de una vez por todas de estar sin ganas de nada. Dejar de asistir al sepelio de mi propio deseo.

Hoy nada malo hice.

Seis de la mañana. Mi día está por acabarse. Una jornada más de trabajo sin mayores contratiempos ni novedades. Diría que hasta tuve los mismos pasajeros de ayer. Jóvenes que sobreviven a su propio mundo con embriaguez, amantes resentidos con el amanecer y trabajadores víctimas de horas agitadas. Las caras parecen ser las mismas de todas las madrugadas. Rostros que hablan sólo en mis sueños. Voces que responden lo que mi imaginación pregunta y manos que rozan las mías al contacto de un pago ingrato. Creen que el servicio nocturno es normal, si creyeran lo contrario, pagarían más.
Me he acostumbrado al ruido de mi moto. Puedo hacerla cantar o hacerla chillar. Ahora canta pero cuando llegue a mi barrio chillará. Yo trato de hacerla siempre cantar, la trato con cariño, la llevo siempre por calles asfaltadas y no cargo bultos. No la implemento con nada porque sería entregarles carroña a las aves de rapiña. Sólo me acompañan mis pensamientos. La música llega por sí sola. Hoy la música llegó con mis recuerdos. No tuve ganas de hacer mi ruleta. Hoy, simplemente me estacioné frente al café de la tía julia y escuché tocar a la banda noctámbula. Sus canciones eran andinas. Melodías de paz. Viajé un momento al pasado, vi el pueblo donde nací, sus calles actuales, así como me las han contado y visité a mi abuela. Un pasajero me despertó. No quise llevarlo pero decidí hacerlo con la promesa de volver.
Al ver tocar a la banda nuevamente, pensé que tal vez ellos sí se ganan la vida haciendo lo que les gusta hacer. Entonces me pregunté desde cuando elegí el oficio de mototaxista. Con certeza me dije que fue tiempo después de salvarme de morir trabajando en una obra. Era albañil, obrero de construcción civil, estereotipo de ratero. Mi cuerpo no respondió aquel día y me caí desde el segundo piso. Mi familia se llevó un gran susto y me convenció de que ese no era trabajo para mí. Ahora pienso que debí estudiar algo, porque de todos modos siento que este trabajo tampoco es para mí. De igual forma me está matando poco a poco. A mí me gustaban los animales. Tal vez hubiese sido un buen veterinario.
No sé cuánto ganan los músicos de la calle, eran cinco. Tal vez no tanto como yo, pero se les veía muy a gusto tocando para la gente. Es agradable comer algo bueno, acompañado de buena música. Yo a veces como acompañado de los gritos de mi mujer, del llanto de mi hijo o de los últimos gemidos que se graban en la mente.
La noche estuvo nublada pero no llovió. El viento de la ciudad sopló con fuerza. Capital de la amistad le dicen a esta ciudad llena de rateros. Ellos demuestran su cariño con la gente trabajadora. Si eres palanca, tienes que sacar plata para el dueño, para la gasolina y para ti, ¿pero que pasa si un día eres víctima de tanto pandillero ladrón que hay?.
Mercachifles farsantes, putos y putas, fumones, policías malparidos y sobre todo mototaxistas.
No se sabe en qué horario hay más choro, en la tarde o en la noche. A mí me asaltaron en los dos turnos. “Cuando tienes al pasajero, convertido de pronto en choro, apuntándote con un arma y ordenándote que le entregues todo lo que tienes, nada puedes hacer más que obedecer”.
Recuerdo que me levantaba a las seis de la mañana y salía a recorrer la ciudad en busca de pasajeros. Luego regresaba a tomar mi desayuno a las diez. Y después, de nuevo salía a recorrer hasta la hora del almuerzo. Era demasiado tedioso. Ahora ya no. Ahora todas las noches a partir de las nueve, me cuadro en una esquina y espero a que lleguen los clientes. Ganaba al día 30 soles, ahora gano un promedio de 40 a 50 soles.
Eso es lo único bueno de este horario. Después también todo lo bueno puede ser malo y todo lo malo puede ser bueno. Las prostitutas de las calles. Los compañeros y sus propuestas. Las chiquillas regalonas. Los homosexuales desquiciados. Y los rateros que te hacen cómplices.
Estoy por llegar a casa. De seguro, después que me quede dormido, me interrumpirá el sueño el ruido de un motor malográndose y mis piernas entreabiertas bajándose por inercia de una moto imaginaria. Y yo dando un brinco en mi cama. Sólo ese temor me atormenta, ni siquiera lo que tendré que pagar por todos los pecados que he cometido el día de mi muerte. Todos somos verdugos de alguien en esta vida. Todos somos débiles. Mi mundo es así. Pero creo que hoy, al despertar a mi señora, no me sentiré mal, hoy me porté bien, hoy nada malo hice.

Veinte soles

Eran las 7: 30 de la mañana del día sábado. Jonathan, alumno del cuarto año de secundaria de un colegio estatal, lamentó haberse tenido que levantar tan temprano. Abrió la cortina de la ventana de su cuarto y vio que el día estaba totalmente nublado. Del cielo una luz mortecina parecía irradiar tristeza en el ambiente y una ligera llovizna humedecía las veredas y las pistas de las calles. Se vistió con ropa de invierno y guardó en su mochila, todo lo que necesitaba, para irse al lugar en el que, sin el menor escrúpulo, cometería un acto deshonesto e inmoral.

Al salir de su casa se encontró con Renato, su compañero de clases y mejor amigo desde que se mudó a esa zona. A diferencia de él, Jonathan era más tranquilo, no generaba desorden en clase haciéndole bromas a sus profesores, y cumplía puntualmente sus tareas, se peinaba con ralla al costado y siempre iba adelante en las formaciones de los lunes debido a su metro ochentaicinco de estatura. Se saludaron con un golpe de puños y sin prisa, tomaron el camino hacia el paradero de combis. Renato inició la conversación:

- ¿Y qué le dijiste a tu vieja?
-Que iba a la academia del profe – respondió Jonathan con seriedad.
-Idiota, no pudiste ser más sincero – replicó Renato.
-¿Por qué!?, si le decía que iba a otro lado tal vez no me daba permiso, además me completó los 5 soles que me faltaban, ya tengo los 20, mira.

Jonathan sacó de su mochila 4 monedas de 5 soles y se las enseñó a Renato. Por el transcurso de dos semanas había ahorrado el dinero que le daban para sus pasajes, caminando desde su casa hasta el colegio y viceversa, y lamentaba no poder gastarlo en los juegos de video. Al menos Renato, quien se había dado cuenta antes, de que la única manera de solucionar su problema era con dinero, ya se había quitado la preocupación de encima y había convencido a Jonathan de hacer lo mismo. Los días que lo acompañó caminando hasta su casa, había ahorrado el dinero suficiente para este fin de semana, y tenía pensado compartirlo con su mejor amigo.

Sentados en la parte posterior del combi, iban conversando en voz alta. Parecía como si se hubiesen tele transportado a otro mundo, en donde las cosas de las que hablaban se materializaran frente a sus ojos, y nada de lo que verdaderamente había a su alrededor existiera. Así eran cada vez que estaban juntos. Una señora que iba delante de ellos no podía dejar de escuchar lo que hablaban y asombrada, recreaba en su mente todo lo que de la extravagante boca de Renato salía.

El día anterior, a la hora del recreo, una espectacular bronca alborotó el aula del 5to “I”. Jonathan no la pudo ver porque en ese momento se había ido al baño. “En cambio yo sí vi esa broncaza. Yo mismo cerré las puertas cuando Barón ordenó que la cerrasen para que el gordo Solís no se vaya a escapar. El Chato pensó que Solis se iba a bajar con eso de que para que no te me escapes cierren las puertas muchachos, ahora te saco la mierda, pero Solis le supo parar el macho al chato, supo sacar provecho de su peso, por eso pudo aguantar, además se defendió bien y le regaló sus buenos golpes al chato. Incluso lo pudo hasta soñar con un tremendo puñetazo que el Barón esquivó. Hubieses visto, el puño del gordo sonó duro en la pizarra y él como si nada. Es que el Barón lo agarró por la espalda y lo quiso levantar, pero como vio que no podía, no le quedó otra que soltarlo, entonces el gordo, dándose media vuelta, sacó el brazo con el puño cerrado y plumm. Todos comentamos que con uno solo de esos golpes que hubiese recibido el Barón ya no regresaba para más; pero lo malo de Solis es que es lento, la gordura tendrá sus ventajas pero tiene su punto débil, te hace lento para la pelea. Al final, los dos se dieron. Creo que por eso terminaron dándose la mano como amigos, dieron risa, hubieses visto, después de haberse revolcado a golpes, casi llorando, se pusieron a discutir abrazados, que por qué peleaban si son patas, si son como hermanos, estudiando juntos ¡desde inicial!…
Después se dieron cuenta de que estaban apestando a saliva y estuvieron preguntando quienes habían sido los maricones que los habían escupido para reventarlos.

Cuando llegaron a la esquina de la avenida Arica y Luis Gonzales bajaron. No se imaginaban que con la conversación que habían tenido en la combi, habían contribuido a afianzar la mala reputación que tenía su colegio, dando una razón más para que se sigan levantando malos comentarios. “Cómo es posible que en un colegio, dos jóvenes se peleen en su propia aula y a puertas cerradas” pensó la señora que los había venido escuchando y que también bajó en la esquina del mercado modelo. Pero Jonathan y Renato, siguieron su rumbo, despreocupados. Para ellos, eso era de lo más normal. (Las peleas eran una de las habituales maneras que tenían los caballos para solucionar sus discrepancias). Sin distraerse, caminaron por la cachina. Vieron rostros somnolientos y se cruzaron con algunas miradas de resaca pero a ellos nada de lo que ahí se ofrecía, les llamaba tanto la atención, como las zapatillas rebock negras que todos en el colegio querían tener y que muy pocos se daban el lujo de combinarlas con el uniforme. Quienes llegaban así a clases eran siempre vistos con envidia.

Minutos antes de las 9 llegaron a la calle “Porta” y frente a una pequeña casa de material noble, fachada verde, puerta de madera y ventana de fierro oxidado, Renato se detuvo y le indicó a Jonathan que allí era donde tenía que dar su examen suplicatorio. Jhonathan sintió nervios porque era la primera vez que hacía una visita de ese tipo, pero la serenidad que Renato transmitía, le hacía pensar que dentro de esa casa, las visitas eran muy bien atendidas y las reglas que en el colegio prevalecían, ahí se disolvían.
Sin acordar antes, que es lo que iban a decir, Renato tocó la puerta con atrevimiento y casi al instante, se apareció frente a ellos la imagen del profesor de física que parecía encarnar la caricatura de un chimpancé. Era flaco, de estatura mediana, piel cobriza y de cabellos drásticamente ondulados, llevaba puesto un chor deportivo de tres colores y encima, un polo amarillo fosforescente. Sin embargo no actuó como un primate. Con la misma mirada seria e inteligente de siempre, trató de recordar aquellos rostros pueriles que lo observaban sin disimular el asombro de verlo vestido en esas fachas. Y al reconocerlos, rompió el silencio dándoles una pequeña lección de buenos modales: “buenos días jóvenes, ¿que se les ofrece?”.

“Buenos días profe”- respondieron en coro. Y antes de que Jonathan tomara aire para aguantar la vergüenza de dirigirse por primera vez a su profesor y para hacerle tan descarado pedido, Renato, con su acostumbrado desparpajo, ya le estaba dando la mano y con una voz que no denotaba ni una pisca de favor, ya le estaba diciendo, señalándolo: “Profesor, aquí mi compañero también quiere que le tome examen de recuperación”.
El profesor miró a los ojos a Jonathan, y le pareció reconocer en él, al joven que calladito - sentado en medio de la primera fila - presta siempre atención a su clase y al que todos miran cuando hablan de “largo”.

“My bien, pasen”. La puerta se abrió de par en par, y ante sus ojos, el rostro serio de un joven al que desconocían, sentado en la pequeña mesa del comedor, les dio la bienvenida. Renato, malcriado como de costumbre, se dirigió a la modesta salita del profesor, y sin esperar a que este lo invite, se sentó en un mueble individual quietecito, como si fuera el más ferviente espectador de una obra teatral, que espera a que se abra el telón. Renato, por su parte, esperó a que el profesor le indicara donde sentarse, y cuando vio que este, con su mano negra, jalaba una silla que precisamente estaba ubicada frente al muchacho que desarrollaba ejercicios en su cuaderno y que se la ofrecía con una voz que le pareció irónica, sintió que algo estaba mal, que eso no era lo que él esperaba. “Espérame, ahorita vuelvo” le dijo el profesor.

Jonathan sintió que las manos le empezaron a sudar, observando cómo aquel muchacho resolvía con tanta facilidad, unos ejercicios de física que él, muy bien sabía, demoraría una vida entera en hacerlos y que sin embargo para eso había llegado a aquel lugar. Sentado en una silla, de ese rústico comedor, se sintió extraño y tenso a la vez. “Aquí tienes” lo asustó el profesor, pero no tanto por su súbita aparición sino porque al mismo tiempo que le ponía el examen vacío en el rostro, se sentaba al lado del inteligente mozuelo, preguntándole con amabilidad ¿y cómo vas?

Ahora tenía al frente suyo a los dos, maestro y discípulo, haciendo alarde de habilidad matemática, mientras que a él, un vacío inminente lo absorbía y abochornaba. Se sintió inferior, ridículo, avergonzado y se preguntó que hacía en ese lugar extraño. Odió a su compañero Renato. Pensó que todo lo que le había contado eran puras mentiras para vengarse de algo que él le había hecho. Nada de lo que le aseguró que iba a pasar le estaba pasando: el profesor le entregaría el mismo examen que tomó la víspera, lo dejaría sólo, él sacaría la copia – que debía tener preparada - y resolvería con total tranquilidad. Transcribiría como si intentara dibujar algo y luego de 15 minutos, el profesor regresaría a buscarlo para preguntarle si ya terminó, ponerle un 18 de nota y cobrar sus veinte soles. Pero ahora lo tenía ahí al frente, mirándolo como si una especie de parálisis intelectual lo hubiese atacado después de llenar sólo su nombre.

No supo qué hacer. Ni siquiera se atrevió a levantar la mirada, se imaginaba los ojos del profesor recriminándolo. Maldijo no haber hecho su copia más pequeña como para intentar sacarla y ponerla entre sus piernas, como solía hacerlo siempre en los exámenes. Nadie en el salón sabía lo meticuloso que era para elaborar esas copias con letra en miniatura y lo experto que era para usarla, y nunca ningún profesor lo había descubierto, tal vez confiados de que tras ese rostro de niño inocente, jamás se podría ocultar un tramposo, capaz de engañar con fechorías. Y verdaderamente eso es lo que era, pero como pocas veces, ahora se sentía desguarnecido frente a un examen, y como siempre sólo frente a los de ese tipo.

Pensó que merecía ese castigo, que tal vez Diosito siempre le permitía que todo le salga bien cada vez que trampeaba, porque después, aprovecharía un momento preciso y trascendental como este, para poder castigarlo, enviándole la peor de las malas suertes. Se odio a sí mismo y tuvo miedo de que todas esas premoniciones sean ciertas, porque el día anterior, a la hora del recreo - cuando Barón y Solís peleaban - la providencia lo había enviado al baño justo en un momento en que se preparaba una celada, en la que a él injustamente iban a terminar involucrándolo. En su mente, empezó a vagar el recuerdo de esa tunda: Mientras que él, pudoroso como siempre, orinaba a puertas cerradas en un inodoro, muchachos de mal vivir, microcomercializaban droga en las interiores de ese apestoso baño. Ofrecían marihuana a precio módico y algunos clientes que compraban y no se resistían a fumarla ahí mismo, armaban su paco y empezaban a mezclar el olor a mierda y úrea con humo de hierba. Y así encontraron a varios. Jonathan escuchó como de repente las puertas de entrada al baño se cerraron de golpe y cómo algunos estudiantes gritando ¡yo no!, ¡yo no!” intentaban salir y no se lo permitían. Pero los profesores de Obe, Sánchez y Bobadilla, ya tenían identificados a los malhechores, quienes desgraciadamente habían ido a escabullirse al lado suyo. Los correazos que recibió empezaron a arderle de nuevo ahí mismo, sentado frente al profesor y su aplicado alumno, y sintió como el bochorno de ese momento, mezclado con el recuerdo del castigo que pensó se lo tenía bien merecido, le empezó a producir chocaque.

Giró hacia atrás la cabeza tímidamente, sin levantarla mucho, como si le hubiese dado una imprevista tortícolis, y vio a Renato con el rostro consternado, como tratando de gesticular un “no sé, yo tampoco entiendo”. Se sintió aún más abandonado. Vio las cinco preguntas vacías del examen y trató de recordar cómo era el desarrollo de cada una de ellas, y pensando en sus veinte soles y cómo el profesor los había entendido mal - que ese no era el tipo de examen que él quería dar - empezó a dibujar con paciencia, pequeños trazos de un gráfico que más o menos recordaba iba en el desarrollo de la última pregunta.

Y así estuvo sufriendo unos cinco minutos, hasta que en su mente, divagó una arriesgada solución: ¿Profesor, porque no me deja sólo, para desarrollar mi examen, así como lo hizo con Renato?. ¡No!. Si le digo así se va enojar, está con su alumno el negro este y tal vez no quiera que él sepa que cobra, podría ofenderlo con esta pregunta. Pero y si se lo pido de otro modo: profesor yo quería dar mi examen ayudándome de mi cuaderno, ¿puedo?. Ta madre, pero ni siquiera he traído mi cuaderno, que vwebada, al menos así hubiese disimulado poniendo la copia encima. Y ya también mucha pendejada sería decirle que ayudándome de mi copia. Conchadesumadre. ¿Qué hago, cómo le digo?
Jonathan se sintió desamparado, pensó que no tenía otra salida más que decir la verdad, pero ni siquiera sabía cómo hacerlo. Levantó la cabeza, vio la mirada del profesor despreciando su examen vacío, se atemorizó al verlo ponerse de pie, bajó la mirada, esperó una recriminación, quiso decirle algo, iba a hablarle, pero el profesor se le anticipó con su voz alterada:

- ¿oye, que no has podido estudiar?, ¡es el mismo examen!.

Jonathan experimentó una sensación de miedo y alegría a la vez luego que le escuchara decir a su profesor: “ven, vamos para adentro”, pero dirigiéndose a su alumno el chancón, poniéndole una mano solícita en el hombro. Vio que los dos se perdieron al voltear una pared dejándolo solo y entonces, rápidamente, sacó el papel donde tenía copiada las respuestas y empezó a llenar su examen. Escuchó los silbidos de Renato llamándolo pero no le hiso caso porque sabía que lo hacía para burlarse. Terminó en menos de cinco minutos y esperó a que venga el profesor. Cuando este llegó, le entregó el examen resuelto. Lo observó cómo, con una mirada más pacífica, le marcaba con visto bueno cada una de las preguntas resueltas de su examen y sintió su alma volver, cuando vio que su calificación de 03 en el registro era cambiada por un flamante 18. Le pagó los veinte soles y se despidieron de él con un apretón de manos. “Tan fácil que es la física muchachos”, renegó el profesor. “vayan con cuidado” les dijo despidiéndolos.

Salieron caminando en silencio, pensativos. Y no fue hasta llegar a la cachina cuando Renato empezó a burlarse de Jonathan. Él tampoco pudo resistir reírse, ahora veía las cosas con más tranquilidad y le causó gracia el momento tenso que vivió. Cuando salieron del mercado modelo, Renato le dijo:

- Vamo al vicio, yo invito.