viernes, 20 de noviembre de 2009

Vinieron del norte, atrás de los cerros

¡qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!
Jaime Sabines

I

Hoy llegaron los soldados.
Vinieron del norte, atrás de los cerros.
Todos corrían. Corrían muy juntos, como si tuvieran miedo de quedarse solos.
Algunos cantaban.
El que iba delante, al que le decían capitán, no cantaba, pero de rato en rato volteaba a ver a los soldados, como si fueran una canción, una canción muy triste.
Llegaron al pueblo en la tarde.
Mi mamá, que estaba dándole de comer a las gallinas, los vio pasar. Sintió miedo.
El miedo es esa cosa que te hace temblar, como el frío.
Las gallinas no sintieron miedo cuando vieron a los soldados, ni siquiera frío, solo querían seguir comiendo.
Cuando llegaron al pueblo los soldados se metieron a la comisaría.
Luego de un rato salieron y la pintaron.
Taparon el «viva la lucha armada» que habían pintado unos hombres hace una semana.
Esos hombres eran malos, mataron a los tres policías que había en la comisaría.
También mataron a mi papá, pero eso fue después.
Los hombres malos se llamaban camaradas. Así se decían entre ellos.
Los camaradas eran parecidos a los soldados. Tenían las mismas armas, la misma voz, pero los soldados vestían de verde y los camaradas de negro.
Después de pintar la comisaría el capitán reunió a todo el pueblo en la plaza. Habló.
Dijo que era nuestro amigo y había venido a protegernos, así que teníamos que ayudarlo, decirles si habíamos visto algún senderista y quienes del pueblo los ayudaban.
Todo el pueblo movió la cabeza de arriba abajo.
Algunos hablaron, otros solo miraron el piso.
Ese día me enteré que los camaradas en verdad se llamaban senderistas.

II

Mi papá murió una semana antes por decir no. Él era profesor de la escuela del pueblo.
Nos enseñaba que dos más dos era cuatro y no cinco, que el perro se llamaba perro y no gato, que la vaca daba leche y que de la leche se hacía el queso.
Muchas cosas enseñaba papá.
Yo también era su alumno, pero ese día me enferme y no fui a la escuela.
Los senderistas llegaron por la mañana, sacaron a los policías de la comisaría, los llevaron a la plaza y les colgaron un cartel que decía «enemigo del pueblo», luego les dispararon.
También sacaron a toda la gente de sus casas para que vieran como terminaban los enemigos del pueblo.
A los niños de la escuela los sacaron después.
Papá iba delante de sus alumnos y les decía «no lloren, no lloren», pero los niños seguían llorando.
Entonces vieron lo que quedaba de los enemigos del pueblo y se callaron.
Luego se arrodillaron en la plaza junto al resto de gente.
Uno de los senderistas empezó a hablar, cosas de la lucha popular, de enfrentarse al capitalismo, de no dejarse oprimir, de un presidente que se llamaba Gonzalo.
La gente del pueblo no entendió nada, solo entendieron lo de ese tal Gonzalo.
El hombre que había estado hablando se acercó a papá y le dio una hoja con algo escrito.
Lee, dijo, léeselo a tus alumnos.
Papá miro el papel y dijo, no.
El hombre le metió un balazo ahí mismo, frente a sus alumnos, luego, leyó el papel.
Cuando papá dijo no, todo el pueblo miro a un costado.
Solo mamá lo vio y empezó a llorar bajito, para no molestar a la gente.
Cuando los senderistas se fueron mi mamá se acercó al cuerpo de papá, lo abrazó y se puso a gritar.
Gritó tan fuerte que hasta los cerros la oyeron, el cielo también porque empezó a llover.
Varios hombres levantaron el cuerpo de papá y lo trajeron a la casa.
Mamá iba detrás, ya no gritaba, ahora solo lloraba.
Todo esto pasó hace una semana y yo no lo vi.
No porque estaba enfermo.
Mi mamá vio a los senderistas cuando sacaban a los policías, me levantó de la cama y me dijo corre. Corrí hasta los cerros y estuve ahí una hora.
Cuando empezó a llover fui a la casa.
Había harta gente que se hizo a un lado cuando me vio llegar. Empecé a temblar, pero no porque estuviera enfermo, sino por el miedo.
Cuando vi el cuerpo de papá empecé a llorar y corrí de nuevo a los cerros.
Y mientras corría mis lágrimas se confundían con la lluvia.

III

Dos semanas después de que llegaran los soldados empezaron a desaparecer los vecinos.
Primero fue Don Pedro, quién tocaba el arpa en la feria; le dijo a su mujer que se iba a la chacra y que venía lueguito. Don Pedro no regresó.
Su mujer, preocupada, fue a buscarlo a la chacra, lo único que encontró fue un burro que se estaba comiendo los camotes que sembraba su marido.
Luego fueron los hombres que habían cargado el cuerpo de papá hasta mi casa.
Desaparecieron los cinco, de golpe, como si se hubieran puesto de acuerdo para irse.
El alcalde se lo dijo al capitán.
El capitán dijo que tal vez eran senderistas, que habían tenido miedo de ellos y se habían ido.
Luego dijo que tenía que empadronar a todos los pobladores para que ninguno volviera a desaparecer.
En la noche fuimos a la comisaría. Entraban de uno en uno, pero a veces no salía el que entraba. La mayoría de los que no salían eran hombres.
Cuando mamá entró a la comisaría el capitán preguntó si era la mujer del profesor, ella dijo que sí, el capitán la miró y le dijo, entonces quédese.
A mi me dijeron que me vaya, pero mamá no quiso, yo tampoco, así que me quede.
Luego de un rato nos sacaron de la comisaría y nos llevaron lejos del pueblo.
Éramos como veinte.
Casi todos eran hombres pero había dos mujeres y un solo niño: yo.
El capitán iba delante con seis soldados. Los soldados llevaban picos y palas.
Mientras caminábamos mamá preguntó a donde íbamos.
El capitán nos miró y dijo que eso no importaba, solo era una ronda de vigilancia.
Algunos no preguntaron pero sintieron que el capitán mentía.
Después de caminar una hora el capitán ordenó que paremos.
Nos dio los picos, las palas y dijo, caven.
Todos nos miramos, pero en la oscuridad no vimos nada, así que empezamos a cavar. Un hombre que estaba a mi lado empezó a gritar, pero un disparo calló sus gritos.
Mamá mientras cavaba lloraba. Y sus lágrimas llenaban el agujero que ella iba cavando. Yo solo la miraba y no atinaba a hacer nada.
Después de un rato empezaron los disparos.
El capitán ordenó que miremos el agujero que habíamos hecho. Como yo no había hecho agujero no volteé a mirar.
La mujer que había venido con mamá lloraba, un hombre empezó a correr pero el capitán le disparo y cayó al piso.
Los soldados disparaban, el capitán solo miraba.
A mamá le dispararon al último.
No lloro, no miró el agujero, miraba al frente, como si buscara algo.
Yo me preguntaba que buscaba, pues estaba muy oscuro y no se veía nada.
Mamá antes del disparo me miró y dijo, cuídate.
Lo dijo con pena, como si supiera que eso no sería posible.
Ni bien acabaron los disparos el capitán se me acercó.
¿Quieres vivir?, preguntó.
Vi el cuerpo de mamá y dije, no.
Como papá cuando lo mataron.
Luego el cuerpo de mamá se hizo oscuro.
Y la oscuridad me envolvió y yo me hice parte de ella.

IV
Ahora estamos muertos.
Mamá se ha puesto a conversar conmigo.
«Mañana tienes que darle de comer a las gallinas».
Luego ha empezado a hablar con el resto de gente que vino con nosotros.
Todos hablan de la feria del pueblo que será en dos semanas.
Todos quieren ir vestidos con su mejor poncho y tomar chicha hasta la madrugada.
Me siento triste por ellos, porque están muertos y no lo saben.
Entonces pienso que estar muerto es como vivir una mentira y nunca llegar a conocer la verdad.
Ahora mamá ya no habla, nadie habla, tal vez ya saben la verdad.
Tal vez solo quieren dormir.
Después, el silencio.

martes, 17 de noviembre de 2009

PERDIDOS (II)

Cuando despertó sintió el calor de Zeta a su lado. La observó en silencio y reflexionó sobre el número de prostitutas con las que se había acostado. Apenado, descubrió que había perdido la cuenta; sin embargo, ella era la primera con la que pasaba una noche entera. No le importó, recordó a su ex esposa y al mirar a Zeta, pareció encontrarle un rasgo parecido, algo que le hacía recordar a B y querer adorarla; pero no supo precisar qué era: ¿sus pestañas?, ¿su nariz?, ¿sus labios?, ¿su frente?. En el fondo nunca deseaba ofenderla, en el fondo, sabía que los únicos amaneceres tibios antes de X, Y y Z, fueron a su lado. Sintió que nada de nuevo tenía esa mañana, ese amanecer. Una vez más, al lado de un cuerpo extraño recostado sobre sus sábanas maritales, recordó el tiempo perdido, los días que se alejó de su familia, las noches dedicadas con egoísmo a sus proyectos y sintió el mismo remordimiento lacerándole los sentidos pero con más fuerza. Eran casi las cinco y media de la mañana. Sintió asco de su propia vida, le dolió la cabeza.
Suavemente se quitó las sábanas de encima, se vistió y caminó descalzo hasta el baño pensando en la forma cómo iba a deshacerse de Zeta. Mientras tanto ella, que había permanecido recostada, aparentando estar dormida, esperando que Equis actuara, tal vez la acariciara, se sintió despreciada y se arrepintió de no haberse largado antes. Quiso moverse, pero le impidió el miedo de saberse sobria. También era la primera vez que amanecía en el departamento de uno de sus amores efímeros, pero porque ella quiso, porque algo en él le impresionó, aunque no sabía precisar qué era: ¿su mirada?, ¿su soledad?, ¿el sonido de su voz?, ¿la marca del cigarrillo que fumaba? ¿sus manos al tocarla?. Algo en él la hacía añorar no sabía que cosa. Se sintió triste y aguantó el llanto.
En el baño Equis manoseó su sexo humedecido. Quiso bañarse pero tuvo desconfianza de Zeta. Recordó las poses en que le hizo el amor y sintió una leve erección. Imaginó el cuerpo de Zeta desnudo, bajo la luz de esa mañana calurosa y quiso ir a levantarla; pero para no volver a sentir lástima de sí mismo, decidió que el día siguiera su propio ritmo, así luego creía sufrir menos. Después de lavarse el rostro y cepillarse rápidamente los dientes, salió del baño. Lo que vio le hizo sentir un espasmo: Zeta estaba completamente desnuda, de pie, frente a la ventana. El contraluz le dejó ver su silueta perfecta: sus caderas turgentes, su culo grande, sus piernas esbeltas. La deseó con más fuerza.
Zeta no supo si darse vuelta. Se había levantado para ver lo hermoso del amanecer, para oír el canto de los pájaros, para dejar que los primeros rayos del sol le dieran en el rostro. Tenía los ojos humedecidos por la pena. Recordó la retahíla de orgasmos que había tenido haciendo el amor con Equis y una por una llegaron a su mente, las palabras de amor que sus gemidos y gritos provocaron. Extrañamente, deseó tenerlo nuevamente. Sus pechos se le erizaron.
Equis se detuvo a contemplarla. Pensó que el cuerpo desnudo que tenía al frente suyo era riquísimo, que haberla acariciado la noche anterior había sido una maravilla, que sentir placer con ella una vez más sería divino; quiso expresarlo, decírselo; pero de pronto se sintió estúpido, ridículo, sobrio. Pensó en lo raro que era tener a una mujer que no fuera la madre de su hijo respirando el mismo aire de su habitación. Otra vez lo embargó el deseo de maldecir su vida, de drogarse, embriagarse y matarse poco a poco. No dijo nada, bajó la cabeza y se dirigió a la cocina con ganas de salir lo más pronto posible de esa casa. Se sabía de memoria las clases que dictaba todos los meses, desde hacía cuatro años, en un colegio estatal. A veces los rostros que lo miran al salir, le recuerdan que hace mucho tiempo dejó de ser el mismo que solía ser cuando vivía en la armonía de su hogar completo. Hoy eso no hará falta.
Zeta secó las lágrimas de su rostro con el brazo. Dio una mirada triste al cielo despejado. Vio a un ave surcar las nubes a lo lejos y sintió envidia. Sonrió con algo de pena. Empezó a vestirse sin quitarle la vista de encima a Equis. Tuvo ganas de encararle las lágrimas derramadas, decirle que por su culpa había recordado lo vacía que era su vida desde aquel día que sus padres se separaron y se mudaron del barrio en donde había encontrado al gran amor de su vida. Miró el reloj y recordó el ambiente lúgubre del hospital donde trabaja. Todos los días improvisa sonrisas de buenos días y buenas tardes a los enfermos de aquel nosocomnio donde todas las semanas desde hace dos años se gana el pan y la nicotina de cada día. A veces esos rostros le dicen que la vida es como uno de sus poemas mal hechos, dignos de ser despreciados. Hoy eso no hará falta.
Equis sacó un pedazo de queso de la refrigeradora y se preparó un sándwich con pan de molde. Por un momento se imaginó con Zeta, sentados los dos a la mesa. Cogió su termo de color azul, lo destapó, observó un momento la aparición del vapor y preparó dos tazas de café. Se preguntó si sería capaz de romper el silencio que había en la habitación.
- ¿Tienes un cigarrillo?
- Revisa en mi chaqueta.
- ¿La que traías puesta ayer?
- Sí
– Los acabamos. ¿No lo recuerdas?
– Entonces ven aquí y toma café conmigo.
- ¿Por qué?
– No lo sé. Porque no podemos ir a trabajar sin tomar algo.
- ¿Porque el desayuno es el alimento más importante del día?
– Sí. Porque el desayuno es el alimento más importante del día. No eres una puta verdad.
– Sí lo soy, sino lo fuera, no estuviera a estas horas en tu habitación.
- ¿Entonces cuánto es por el excelente servicio?
- ¿Te pareció excelente?
– Sí. ¿Dime cuánto es?
- No vas a poder pagármelo.
– Díme, lo que sea.
- 100
– ¿100 dólares?
- No
– ¡100 soles!
- No
– ¿Entonces?
– 100 tazas de café.

martes, 20 de octubre de 2009

PERDIDOS

Mientras bajaba por las gradas del pórtico se arregló el microvestido y no sin mucha dificultad se arregló también el cabello, ya en la calle empezó a caminar a paso lento, haciendo sonar los tacones en el oscuro pavimento y al llegar a la esquina encendió un cigarrillo, eran las seis de la mañana.
Todo empezó la noche anterior, en el bar de luces de neón, esa noche había sido muy mala, el lugar no tenía mucha gente, habían acudido en parejas la mayoría y ella había estado sola, sentada en el bar, bebiendo un cóctel, fumando y escrudiñando a las personas que la rodeaban esperando a que alguien apareciera para sacarla a bailar e invitarle unos tragos, era ya casi medianoche.
Y de repente pasó, llegó el, vestía un saco de cuero negro y unos pantalones negros también, fumaba un cigarrillo y se sentó en una mesa cercana a la puerta mirando a las personas con indiferencia; ella volteó y miró a su copa, la terminó de un solo trago, se sacudió el cabello con la mano al momento que se disponía a levantarse de su asiento para empezar a caminar hacia el recién llegado.
“¿Qué pasaría?”, se preguntaba ella mientras cruzaba la pista de baile, casi vacía;”tal vez la noche no esté tan perdida”, se preguntaba también cómo sería aquel hombre misterioso, si estaría esperando a alguien más o si no estaba interesado en conocer a nadie, alguien la empujó, ella retoma la calma y con la cabeza y sangre fría termina de acercarse a él.
-¿También solo?- le preguntó mientras se situaba a su costado y le tomaba por el hombro, el estrujó su cigarrillo y lo apagó en el cenicero de la mesa; -Me llamo Zeta y esta es una de las noches más aburridas de mi vida, las otras son las navidades que he tenido que pasar durante los 20 años que he vivido.
No dijo nada, no respondió, se limitó a ver su reloj y a llamar al mozo para pedirle una botella de vino, ella estaba estupefacta, ni siquiera la había mirado, iba a retirar su mano y marcharse del lugar presa de una gran humillación cuando él se dio vuelta y tomándole de la mano la invitó a sentarse con una señal.
Ella tomó asiento frente a él, tomó un cigarrillo de su bolso y él le ofreció fuego, - ¿Mala noche?- se rió sardónico –hoy es noche de viernes y extrañamente nadie ha salido a divertirse solo, bueno yo…- calló y preguntó con una nueva carga sarcástica -¿A qué te dedicas?.
-A regalarle mi compañía a la noche, a hacer felices a los otros, compartiendo lo que deseen que les comparta.
-Puta, poeta , eres una puta poeta, tan puta como la poesía - se calló y rió sonoramente, ella no se inmutó, decía la verdad, así que rió también y empezó con la rutinaria tarea de ponerse coqueta y decirle lo que estaba acostumbrada a decirle a cualquier sujeto con que se encontraba.
Así pasaron algo de quince minutos de incesante coqueteo entre copas de vino y cigarrillos cuando él se recostó sobre la silla y rascándose un poco la cabeza dijo, bastante hostigado, -Okey compañera de la noche, ya dijiste lo que todas ustedes están dispuestas a decir, ahora dime cosas que no hayas dicho nunca antes, que de lo otro ya sé bastante.
-¿Qué mas podría decirte?
-Palabras no prefabricadas, cuéntame algo de ti, de cómo empezaste a frecuentar este mundo.
-Una puta no revela sus secretos
-¿Eres estudiante y no tienes dinero?, ¿de pequeña tu familia de arrastró a esto y no sabes hacer otra cosa?, oh vamos niña siempre hay una razón.
-Lo hago porque me gusta, y por todo lo demás también, ya hablé demasiado, juguemos, ahora te toca a ti, di cualquier cosa.
-Equis, mi nombre es Equis.
-No esperarás que crea eso
-Tú te llamas Zeta, así que te sigo la corriente, soy profesor y no preguntes de qué, hoy he salido a dar una vuelta buscando a alguien con quien conversar.
-Pues de la manera en la que te expresas nadie quería conversar contigo y menos aún sabiendo que eres profesor, apuesto a que no eres casado.
-Correcto, no hay una razón lógica, así que no preguntes por ello.
-Okey, ¿Quieres salir a bailar?
-Esa canción es realmente patética
Ella lo tomó de la mano y se lo llevó casi a rastras a la pista de baile, el se paró sin moverse, no tenía intención de hacerlo, así que decidió tomar la iniciativa y empezar a bailar ella sola, lo tomó de nuevo de las manos y se acercó a él, puso sus manos sobre sus cintura y empezó a bailar de nuevo, el tuvo que moverse entonces; se rió un poco de la torpeza con la que el se movía y luego empezó a mirarlo fijamente a los ojos, eran negros, pero había algo que le daba una tonalidad gris a su mirada, el rió torpemente también, luego se detuvo, se soltó y regresó confundido a la mesa, ella se detuvo por un momento, confundida, y luego lo siguió.
El encendió un nuevo cigarrillo, ella bebió de su copa de vino.
-A veces, hablar hace bien…
-No es mi intención hacerlo, mucho menos con una desconocida
-Entonces puedes quedarte con tu carga y seguir con tu vida aburrida y deprimente
-Jamás me he chocado con una puta tan fastidiosa
-Las demás sólo te atienden sin siquiera mirarte, te aseguro que no se acuerdan de ti, eres solo uno mas de muchos.
-¿Por qué no eres como las demás entonces? Haz tu trabajo, no me molestes más por favor
-Tú fuiste el que me pidió que saliera del guión, tranquilo, no quise molestarte, permiso- se levantó de su asiento cuando él la tomó de la mano, ella volteó y lo miró: estaba mirando su copa, se sentó y se acercó un poco más, empezó a acariciarle el cabello y esta vez el no opuso resistencia, estuvieron así durante mucho tiempo.
-Olvida lo que dije antes y la manera en la que me expresé, no fue mi intención, lo siento.
-Un poco de amabilidad, vaya, esta noche no es tan mala entonces.
- No me gusta hablar de mis cosas, no con una desconocida.
-Querido, he conocido tantos hombres en mi vida que puedo describirte a ojos cerrados. Todos los hombres son iguales, responden a un grupo determinado.
- Ese argumento lo he escuchado un millón de veces y justo de mujeres que responden a un grupo determinado: las despechadas.
- ¿Así que volvemos a las andanzas?, el niño cruel muestra sus garras de nuevo… siempre a la defensiva, ¿Por qué te escondes?
El terminó el cigarrillo y lo presionó con fuerza en el cenicero, ella lo tomó de la mano y buscó sus ojos, el volteó el rostro y miró a la pared.
- Aquí no, aquí eres una desconocida
- ¿Quieres conocerme mejor?
- ¿Estás insinuándote?
- Cariño, si aún estoy junto a ti es por una razón….
Otro cigarrillo, se sirvió la última copa de vino y pidió la cuenta. Ella se volvió a acomodar el cabello y se levantó dirigiéndose a la puerta, el esperó un momento a que el mozo se acercara, pagó la cuenta y salió a la calle donde ella lo esperaba, se miraron a los ojos bajo el reflejo rojo de las luces de neón, el la tomó de la mano, ella se apoyó en su pecho y juntos empezaron caminar, sin rumbo, perdidos.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Memoria infinita (fragmento)

05 de agosto de 1627

Eran los inicios del teatro. Por aquellos días pagábamos a un grupo de vagos para que se sentaran entre el público y estallaran de risa cada cierto tiempo. Tenían que ubicarse en distintos puntos del auditorio, nunca juntos, y estar atentos a los momentos precisos en los que la obra, supuestamente, se ponía graciosa. Poco antes de ello, claro, debían ir sonriendo paulatinamente, sin alejar el dedo índice de los labios. Esto les daba una apariencia de gente muy analítica, por lo que el resto, al verlos, empezaba misteriosamente a entender todos los diálogos del libreto, incluyendo los que hacían gala del simbolismo más innecesario. Llegado el momento, los buenos muchachos convulsionaban con desenfado, mostrando las encías y achinando los ojos al tiempo que aplaudían estúpidamente y gritaban cosas como “¡qué buena!” o “¡ve’ste conche…!”. Si lo consideraban necesario, podían mirar a quien quiera que estuviese a su lado y salpicarle saliva con complicidad, invitándolo sutilmente a compartir la risa obligatoria. De este modo, en pocos segundos el auditorio se llenaba de alaridos estrepitosos, aplausos y cabezas que giraban reprobando lo dicho, con una sonrisa que decía “estos chicos, se pasaron de pendejos”. Y el actor, arriba, se sentía en su gloria, dueño del mundo y de su energía, con la certeza de que su trabajo valía la pena (y la vida también). Esos, claro, eran otros tiempos. Ahora que existe Broadhill y todo ese floro, lo que menos faltan son actores pésimos pero de notable y bien cultivada autoestima. Sin mencionar, por supuesto, los increíbles avances tecnológicos en cuestión de risa grabadas. “Ta’ ¡Qué buena!”.

viernes, 31 de julio de 2009

Varias cosas

Varias cosas pueden parecernos bellas. Desde los días nublados, alegres mañanas de sol hasta los eclipses. Es fácil entonces saber encontrar razones para intentar una sonrisa por día. Existen sin embargo versiones opuestas al paradigma del optimismo y felicidad humana. Seres que por alguna razón no estiran los labios hace mucho. Las razones son infinitas: desde soledad, pena por abandono, fracaso amatorio, aburrimiento, desempleo y algunas otras que solo se permiten en estos días.


El éxito es la mentira que queremos convertir en cierta en lo que va del camino.

Luces que parpadean y aire entrecortado, más que suficiente para pensarte.

En el desierto hasta las lágrimas significan agua.

Me dio gusto ver que aun dormía, pero me asustó pensar que no vaya a despertar.

Cuando el celular sonó, me di cuenta que aún la quería.

Con bostezos y la columna sangrando, así te espero.

El vecino aprovecha al máximo las oportunidades que se le presentan. Aún espera la primera.

Duerme y suéñame, que yo despierto soñaré contigo.

Cuando la soledad es verde, por ahí que da gusto acompañarla.

Y el celular sonó, pero lo pusimos en vibrador.

Sin matemáticas ni raíces químico nucleares, simplemente enamorémonos de la gente.

La botella seguiría llena, si tan solo hubiéramos seguido caminando.

¿Por ti? Lo hago por mí. Para que un día tú me quieras.

Hasta que los árboles aprendan a hablar y nosotros a opinar.

Y que pueda escribir mejor que mañana.

Casi poesía

La calle del abasto
Eres el recuerdo de algo que no sucedió
el verbo de una acción que no existe
ya tienes un cuerpo, imperfecto
pero vives en este cuerpo y
también en esta alma
eres el cáncer avanzado,
la raíz de mis sueños,
la neurona más peligrosa en mi cabeza
donde cada pensamiento duele
eres la calle de la delincuencia,
por donde paso a diario
con las mismas cosas nuevas.
Pierdo todo siempre;
a veces más,
a veces menos
y al día siguiente
paso de nuevo.

Pronto
El magno ejercicio de la paciencia,
la aburrida vida del soñador,
la inquietante postura del ansioso,
la misericordia del que perdona,
los mismos huecos de siempre,
el cortejo de la vida…
ese tengo
solo eso y nada más.
Pregúntame si algo he hecho.

Vadda Sultenfuss
Mejor así
que no sepa hablar…
que solo haga llorar…
que de noche camine hacia atrás…
que de día invente colores…
que no sepa amar
y que quiera aprender conmigo.

Don´t Touch
Una agradable manera de despertar,
durmiendo lo suficiente.
No les digas donde estoy ni siquiera a tu almohada.
En la puerta han de poner tu nombre
entre las cosas que ya no me hacen mal.
Después de eso, ya no me vengas a visitar.




El niño y yo
El niño que descalzo
ayer corría
hoy evoca con sonrisas
un recuerdo que ha fijado
y aunque está asustado
jamás lo parece
ha educado una sonrisa que
despistar sabe a la gente
por eso le dicen el frío y
a veces casi inerte
"el que nuca siente"
siempre soñando
nunca duerme
vive volando
no se sabe cuando duerme.
Soñar puede descalzo.
¿Quién lo comprende?

Más tarde
Amanecerá como siempre
y despertaré de nuevo
solamente recuerdo
que no debo nombrarte,
es la fórmula errante
del que no perdona
o quizá
el ángel vigilante
evita que al llamarte
revivas de tus cenizas,
dormiré algún tiempo
para recuperarme
y que en ese tiempo
logre despertar y sperarLE
y superarTE
y superarME
y después
hablarte y recuperarme
¿Recuperarte? para vengarme,
será después, quizá más tarde.
Ahora dormiré.

Kristal de aire
Despacio, muy despacio
el ritmo del tiempo,
la clave del triunfo.
Como el susurro
de tu aliento en mi mejilla,
eterno y tan breve,
tan suave y capaz de erizarme,
tarde o temprano los segundos que nos toquen
vendrán a nuestra casa, serán nuestros segundos eternos, breves y lentos.

Un paso atrás
Cada esquina me recuerda tu nombre.
Todas las puertas me dicen tu sonrisa.
Las nubes te dibujan.
Cada calle me culpa por ser yo,
y no tenerte tan lejos,
por vivir cerca y no alcanzarte.
Por rozar tus ojos a diario y
no tocarte con mi voz.
Por quererte tanto.

Perdón:jamás.
Si pudieras oírme una palabra, te diría perdón.
Por hacerte culpable del dolor .
Por ser la causa que me estruja.
Perdón por culparte inocente.
También te diría :que jamás te condenaré.
Luego te diré: Perdón, por usar la palabra JAMÁS.


Greguerías del MSN
¿Me agregarías?

51634
Emocionarme es tan fácil como reír con un buen chiste.

Brutus eticus
Aprenderé cuando se confirme un método efectivo.

Casi
Espera un momento más. Pronto cerrarán.

Natural
Para impedir la muerte. Ciencia y arte.
Para recibirla .Paz y ciencia.

Shhhzzz
Desperté pensando que no pertenecía aquí.
¿A qué hora vuelvo a casa?

Tuerto
Pongámosle infracción al tuerto.
Le falta un foco.

Necesidad
Compartiendo el silencio y ahorrando palabras. Seríamos ricos.

Good nigth and good luck
Ese rincón donde dolía verte ahora esta en alquiler.

Jazmín de Vainilla
Quisiera creer que no tienes edad
que nunca naciste
y que siempre serás un sueño.

Para qué

¿Para qué?
No sé si sirve pensar en lo que estará haciendo
o si creer en eso que leo cuando la veo
pero siempre es correr sin detenerme,
correr como cuando sabía menos,
cuando reía más ,
cuando dormía en paz.
Quisiera dormir despierto
y soñar con ella.
Verla sola y ser
lo primero que ella ve
cuando el sol regresa.
Saber que mi nombre es su manía y
que sonríe cuando sabe de mí.
No sería justo buscarla y contagiarle mi síndrome;
sacarla de su paz para vivir enferma como yo ,
se ve tan bien así.
Me hace feliz saber que no me conoce.
Que sus ojos no me juzgan,
sus ojos me perdonan cada vez que los cruzo.
Bebo de ellos la vida.
Más vida que de sus labios.

Y sueño
Aparenta menos de lo que es.
Por fuera podría intimidarme.
Pareciera tan fría como ayer y
tan vacía sin mí.
A pesar de eso sueño con tocarla
y oír su voz después de la mía,
como mañana,
sin miedos ni complejos,
sin ataques ni defensas,
con risas y cadencias que su
aliento abrace.
Sin más artilugios que dos almas
esperando por la otra mitad pérdida
en el fondo del plato.